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               Ella terminó de perfilar sus uñas con aquella pintura de color rojo cereza y le echó una mirada picarona a él, que descansaba, cuan largo era, tendido a su lado en el sofá. Le gustaban sus estilizadas formas, que parecían desafiar sus más íntimos deseos, ese anhelo de sentirlo entre sus dedos.

            No lo dudó más y sus dedos a modos de  pies, caminaron sobre el cojín, degustando cada instante, hasta asirlo y sentir el calor que emitía. Lo prensó bien entre sus dedos, experimentando sus proporciones y saboreando esa sensación que siempre le resultaba  placentera, aunque le resultara bien conocida. El ánimo de ella se cargó de tal euforia, llevaba mucho tiempo pendiente de este momento, que casi le pareció que contagiaba a él de su peculiar excitación. Sin soltarlo, lo condujo resueltamente hacia aquella superficie. Él se dejó hacer sumisamente, al principio sus fluidos, se resistieron, pero al punto, manaron de aquella puntita dura. Ella se sonrió, al fin iba a escribir ese relato que desde hacía tanto tiempo bullía por su cabeza. Recolocó a él, su bolígrafo entre sus dedos y empezaron, él y ella, a romper la monotonía de aquella hoja en blanco  con el siguiente texto:

            “Ella terminó de perfilar sus uñas con aquel color rojo cereza y le echó una mirada picarona…”