20110804193558-portada-el-vals-lento-de-las-tortugas.jpg

Segunda parte del libro Los ojos amarillos de los cocodrilos, en que la francesa Katherine Pancol, nos envuelve de nuevo con ese peculiar universo de sus personajes ya conocidos y sus tramas bien urdidas. Su protagonista sigue siendo Josephine, esa mujer cuarentona y gris, que se hizo famosa con la publicación de una novela histórica. Ahora ha cambiado de domicilio a una zona mejor de Paris, en donde vive con su hija pequeña. Su hermana descubierta en el engaño de querer hacerse pasar por la autora de dicha novela, malvive depresivamente en un centro siquiátrico. Y su marido que supuestamente fue devorado por un cocodrilo, da de vez en cuando señales de vida. Josephine está muy enamorada con un amor prohibido por su cuñado y un día yendo por la calle sufre un intento de asesinato.

         La autora nos presenta una serie de personajes aparentemente normales, pero en los que nos revela sus deseos más íntimos. Aparece un asesino en serie de mujeres. Un niño con una inteligencia fuera de serie. Un hechizo capaz de destrozar una familia. Y sobre todo en sus páginas todos revelan una necesidad grande de ser amados. El estilo es dinámico donde monólogos interiores y diálogos encajan a la perfección y un cierto tono de humor, a pesar de las tragedias, tiñe todo el relato.

"Él la estaba esperando cerca de las barcas. Sentado en un banco, las manos en los bolsillos, las piernas estiradas, su gran nariz apuntando al suelo, una mecha de pelo moreno barriendo su rostro. Ella se detuvo y le miró antes de abordarle. Por desgracia no sé tomarme el amor a la ligera. Me gustaría echarme al cuello de aquel a quien amo, pero tengo tanto miedo de asustarle que ofrezco la cara humildemente para recibir un beso. Le amo a hurtadillas. Cuando levanta sus ojos hacia mí, cuando atrapa mi mirada, me adapto a su estado de ánimo. Me convierto en la enamorada que él quiere que sea. Me enciendo a distancia, me controlo en cuanto se acerca. Usted no sabe nada de eso, Luca Giambelli, usted se cree que soy un ratoncito temeroso, pero si apoyara su mano sobre el amor que hierve dentro de mí, le produciría quemaduras de tercer grado."

En un momento determinado uno de los personajes dice: "Quiero una piel contra la que frotarme, pero una piel que me hable y que me ame", pero esta frase se le puede aplicar a muchos de ellos.