20110927231108-cimg5205.jpg

He recorrido más de mil setecientos kilómetros durante este fin de semana para acudir a mi cita anual con la ciudad de Salamanca. Siempre es bueno viajar cuando el motivo es un reencuentro con esos viejos amigos, de distintos puntos del mapa, que nos conocimos hace más de treinta años en las aulas de nuestra Facultad. Hemos compartido viejos recuerdos y las vivencias del último año en ese escenario único que supone el deambular entre los muros dorados de la ciudad charra. Un paseo conocido y que al verlo, cada año, con ojos nuevos nos encanta y enhechiza alimentándonos los deseos de volver.

         Hemos reiterado fotos en el mismo banco, para compararla con otras anteriores, comido menús exquisitos y otros tan castizos como el hornazo. He dormido dos noches en un sillón estrecho de un autobús, mientras mi cabeza oscilaba en medio del sueño. He gustado un paseo nocturno acompañado de la vista de las piedras luminosas y el rumor  del río. Me ha sorprendido gratamente el museo de automoción. Recorrí las calles solitarias de un pueblo de quinientos habitantes, solazándome en ese paisaje mesetario que tanta nostalgia me produce cuando está lejos. He capturado las cosas que he visto en muchas fotos y sobre todo…he disfrutado mucho.