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     (Puerta en Calzada de Valdunciel)

        Me encantan los pueblos castellanos, tan distintos  en tamaños y colores a los pueblos, ciudades más bien por su tamaño, de esta tierra del sur. La semana pasada he disfrutado paseando por uno, en las horas del mediodía. Silencio roto por el repiqueteo de mis suelas sobre el asfalto y algún gorjeo que llega por el aire desde la rama de algunos de los escasos árboles. Aprovecho la cámara de fotos para robar instantes de esta quietud y poder luego recrearlos. La máxima altura es la de la torre de la iglesia, que bajo el patronazgo de Santa Elena, es testigo del camino de los peregrinos que van a Santiago por la ruta de la Plata. En las casas, calladas y de planta baja o con un piso, predominan los tonos beiges y ocres. Algunas en su dejadez externa muestran el abandono de sus vecinos, que parecen mantenerlas allí como retazos de un pasado familiar que se va desdibujando con el tiempo. Las nubes colorean el cielo con los tonos otoñales recién inaugurados.

     Suenan las campanas de la iglesia y en torno a ella y enfrente en el bar de la plaza observo a los únicos habitantes. Una joven madre cruza delante mía llevando a dos niños pequeños de la mano, que son como el anuncio futuro de que a pesar de todo en este  pequeño pueblo seguirá habiendo gente.