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   Como tenía todavía unos días de vacaciones de este año, las he cogido a finales de noviembre. Da gusto romper el ritmo habitual del trabajo y dejar que la mente se solace en cosas más agradables. He pasado un día en Cádiz y disfrutado de ese contraste de las calles bulliciosas, que no suelo ver en la cotidianeidad de mi despacho rodeado de papeles. He aprovechado el buen tiempo y paseado junto al mar y me he dejado acariciar por el sol, descubriendo que estos pequeños ratos son de los que se pueden etiquetar con un letrero que ponga: felicidad.