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        Siempre que viajo en tren me envuelve un poco la nostalgia que produce el desplazarme hacia otro lugar donde se despierta mi sensibilidad de una manera muy especial. Y eso que estos trenes son muy diferentes a aquellos de olor rancio, traqueteo continuo y detenciones inauditas en mitad de la nada. Se nota que es época de vacaciones, el tren entra veloz rasgando la estación con el doble de vagones de lo habitual. Voy en uno de los últimos vagones por lo que tengo que recorrer unas decenas de metros por el andén, lamentando que mi maleta además de ruedas no tenga motor.

         Coloco la maleta sobre mi asiento y me acomodo, con una cierta incomodidad, valga la contradicción, porque he sido de los afortunados en viajar frente a otro asiento. Allí se sienta un individuo alto, de cabellos largos por detrás e intermitentes sobre la cabeza, boca cerrada en forma de A y unas estudiadas patillas que adelgazan por la mejilla hasta desaparecer.  Tanto él como yo tenemos que hacer habilidades con las piernas para no estorbarnos mutuamente. No dice nada, sólo mira al frente, mientras yo abro mi libro y leo, mientras me gusta mirar a mi alrededor. No presto atención a la película, la he visto hace poco.

         Cuando miro por la ventana, los olivos parecen perseguirse unos a otros, mientras atravesamos las tierras de Jaén. A mi derecha una pareja madura, ella oronda apoyada en el cristal de la ventana, hace punto sin parar con dos agujas. A él con una gorra cuya visera casi le roza las gafas, le falta un brazo y lee a Stieg Larsson en un libro de bolsillo que apoya contra su pierna izquierda.  Con suma habilidad descansa el libro y saca el móvil del bolsillo para mirar la hora. Interrumpe ella el punto para decirle que quiere una cocacola light y él sumiso deja el libro sobre el asiento para desaparecer hacia el vagón cafetería. Frente a ellos una pareja muy joven, él descansa su cabeza, casi descolgada y de ojos cerrados, sobre el hombro de ella, una chica de rasgos sudamericanos con uñas muy cuidadas de color de moras.

         Sigo leyendo. El tren ralentiza su marcha, miro por la ventana cuando entramos en una Ciudad Real fantasmagórica, casi desaparecida por la niebla. La puerta del vagón se abre continuamente y al fondo la luz roja indica wc ocupado. Una mujer de formas de tan apretadas, estilizada, pasa a mi lado y su perfume nos impregna, Mi vecino gestualiza convirtiendo su boca en A, ahora en U.

           Los primeros edificios de Madrid aparecen tras la ventana y coches, muchos, camino de quién sabe donde. Distingo edificios conocidos y el tren se va rodeando de otros trenes que le hacen como de coro. La velocidad disminuye hasta que el tren se para del todo. Desciendo del tren con mi maleta y de nuevo me doy un obligado paseo de muchos metros hasta llegar a la estación, al menos no llueve. Cuando llego a la parte principal me detengo y me pongo a admirar a las tortugas que hay allí. No corren, están casi estáticas y yo diría que hasta sonrientes…