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    La mañana se despereza, tras el trasnoche, con cierta dificultad. Nada parece haber cambiado, todo está como ayer, salvo los calendarios que se van colgando en las paredes. Ahora con muchas más hojas que el de ayer y con todas las páginas terminado el año en el 2.

La prensa y la televisión nos bombardean con palabras de significados similares: ajustes, recortes, medidas de contención, malos tiempos se avecinan... y al que se le ocurra colgar un gesto de incomodidad en su rostro, se le dice: ...y esto sólo es el principio!

       Las circunstancias se empecinan en incordiarnos, pero nada podrán hacer si somos capaces de rebelarnos contra ellas. Lo cambiable se intenta que vuelque, pero lo que no puede cambiar sólo es cuestión, con mayor o menor esfuerzo, de adaptarnos a ello e incluso de no dejar de azuzar esas ilusiones que siempre están dentro de nosotros. Hay cosas que no dependen de que la economía funcione bien, como el regocijarse cada mañana en el día que comienza, disfrutar de la compañía de la gente que queremos, dedicar unos minutos al día a hacer algo que nos guste o saborear esos ratos en que podemos sentirnos útiles a los demás.

           Es lo mismo de siempre, pero en estos tiempos de recesión con más motivo, el hacerse experto en encontrar esos ratos sencillamente felices en el interior de nosotros. Si lo conseguimos, ni los más duros presagios será capaces de enturbiar nuestra alegría.