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    Brillante colofón de la trilogía, que empezó con "Los ojos amarillos de los cocodrilos", y que ahora termina con esta novela. Y que ha hecho que una autora,Katherine Pancol, que hasta entonces era desconocida haya logrado atrapar entre sus letras un buen número de seguidores entre los que me cuento.

       Aquella historia de aquella mujer anodina, Joséphine Cortès, abandonada por su marido, con dos hijas adolescentes que podría haberse hundido en su desgracia, cambia de signo al escribir una novela que la convierte en autora famosa. El segundo tomo recuerda a una novela policíaca, nuestra protagonista sufre un intento de asesinato y en este tercero encuentra el apoyo y el medio para escribir una nueva historia. En torno a ella se mueve un elaborado universo de personajes: sus hijas Hortense y Zoé.  Su malvada madre que se vale de muchos tejemanejes para intentar hacerse rica. El hijo de su padrastro de tres años pero superdotado yu con unas capacidades que dejan asombrados a todos. Su amiga Shirley siempre tan fuerte hasta que el amor llama a su corazón. 

Y es que en esta última novela todos los amores incomprendidos de los distintos personajes, van encontrando su cauce hasta reencontrarse en su verdadero punto. Aunque a lo largo de sus páginas nos parece imposible que eso ocurra, ya que retrata muy bien, la soledad, las incomprensiones, las dudas...que todos los personajes viven como Gary alejado de su enamorada Hortense en Nueva York y que nostálgico acude cada lunes a Central Park, pues ha observado que el hecho de que no haya en el parque tanto público como el domingo hace que "Las ardillas de Central Park están tristes los lunes". 

         Un libro que hace pasar un buen rato como ocurrió en los dos anteriores y que en muchos de sus pasajes nos hacen pensar y nos podemos reconocer en actitudes cotidianas, no es raro que en esta Navidad hayan sacado la trilogía en un mismo paquete.

"Hay personas con quienes pasamos gran parte de la vida y que no aportan nada. No te iluminan, no te nutren, no te dan impulso alguno. Puede uno dar gracias de que no te destruyan a fuego lento colgándose de tu cuello y chupándote la sangre.

Y después...

Están los que uno se cruza, los que apenas conocemos, los que te dicen una palabra, una frase, te conceden un minuto, media hora, y cambian el curso de tu vida. No esperabas nada de ellos, apenas le conocías, y llegabas, completamente despreocupado, o despreocupada, a la cita y sin embargo, cuando te despides de ellos, de esas personas asombrosas, descubres que han abierto una puerta detro  de ti, que han activado un paracaídas, iniciando ese maravilloso movimiento que es el deseo, movimiento que te llevará más allí de ti mismo y te asombrará. Dejarás de ser irrisorio para siempre, bailarás sobre la acera lanzando destellos y tus manos rozarán el cielo...

Fue lo que, ese día, le pasó a Joséphine."