20120130230051-cimg5420-455x159.jpg

          Él se sentía feliz, como nunca, pletórico y cargado de una euforia desorbitada.  Había conocido a la mujer de su vida, quizás no demasiado pronto en su vida, acababa de entrar en la cuarentena, pero tampoco demasiado tarde. Quería gritar al mundo su júbilo y le apetecía decírselo a ella en este instante, pero se había quedado sin batería en el móvil y no había forma de contactarla. No se lo pensó mucho, fue al garaje y cogió un bote de pintura blanca y una brocha. Sabía que al día siguiente, sábado, ella madrugaría para hacer ejercicio por el paseo marítimo, con la banda sonora de las olas rompiendo en la orilla. Caminó agazapado entre las sombras nocturnas que esbozaba la luna llena contra el suelo y se llegó hasta aquel paseo, cuyo cemento irradiaba frío a aquellas horas de la madrugada.

            Introdujo la brocha en el bote de pintura, empapándola, como se imaginaba que estaba empapado de amor su corazón y fue trazando líneas con las que formó letras  con las que expresó todo el cariño que encerraba por dentro hacia su querida prinsesita, como él, seseante, la llamaba. Terminó su obra de arte cuando las primeras luces del amanecer empezaban a sacarle brillo a aquellas letras blancas y echando una última mirada a su trabajo, se dirigió feliz a echarse un sueño reparador.

            Sería una hora más tarde cuando ella pasó por allí y al pasar por aquellas letras se detuvo contemplándolas y reconociendo que eran para ella. El corazón le quedó salpicado de gotas de colores y pasando delicadamente a sus alrededores, para no pisar aquellas letras, el resto del paseo lo hizo como volando sobre sus pies, ese día y el resto de los meses en que aquellas letras permanecieron a la vista.

            Lo que nunca pudieron imaginar, ni él ni ella, es que cada una de las mujeres que pasaba por aquel lugar, fuera cual fuera su edad, se sentía protagonistas de aquella historia y recordaron nostálgica el día en que alguien les dijo aquello, sintieron cerca a quien se lo decía cada mañana o soñaron con que alguien se lo dijera algún día: “TE QUIERO PRINSESITA”.