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           Las ruedas provocaron un chirrido al rodar sobre el suelo brillante de mármol de aquella gran sala de estar. Había dejado la maleta en la habitación, junto a la cama que le habían asignado. Lo primero que percibió su afilada pituitaria es un olor acre que había en el ambiente, esto debe ser lo que llaman olor a viejo, pensó desde la experiencia de sus ochenta años., mirando a aquel grupo de ancianos y ancianas que vio sentados en aquella sala.

            No había sido un buen día, había llorado cómo hacía tiempo que no lo hacía, cuando se cerró a su espalda el piso en el que había vivido los últimos cincuenta y tres años. Ya no es posible que vivas solo, le había insistido su sobrino, y tenía razón, desde la caída que tuvo y posterior operación no podía dar un paso. Verás como estás bien, le insistía, pero a él se le desdibujaba en su mente los recuerdos vividos entre aquellas paredes, los treinta años transcurridos hasta que enviudó y todos los posteriores que, aunque sólo, había aprendido a despistar a la soledad con la ayuda de aquellas paredes y objetos conocidos. Ahora a todo le había dicho adiós y hoy entraba en aquella silla de ruedas, encorvado más por el pesar que por el peso de los años.

            Torpemente y con esa vergüenza de novato conductor de silla de ruedas buscó la protección de un rincón. Ponte aquí a mi lado, le dijo una mujer sentada en otra silla de ruedas en la que,  en su rostro surcado de arrugas, destacaban dos brillantes ojos azules. Eres nuevo, se te nota, y con esas palabras tan simple se difuminó su sensación de disgusto. Él, en principio, respondió por mera educación y a medida que avanzaba la conversación, porque se sentía a gusto hablando con Lucía, que así le dijo ella que se llamaba.

            No durmió mal aquella noche y al día siguiente le alegró encontrar a la portadora de aquellos ojos en la mesa del desayuno. Acompáñame, le dijo al terminar de desayunar, y rodando aquellas ruedas gigantes ella lo llevó al jardín del exterior.  Allí retomaron la conversación donde la dejaron el día anterior, almorzaron y siguieron con sus palabras buceando en el conocimiento del otro. Ahora estoy más que a gusto, como no recuerdo desde hace años, pensó él cuando las últimas luces del día se ocultaron tras los árboles.

            En aquel momento, casi inadvertidamente, sintió como la mano de Lucía se agarraba a la suya, la percibió cálida y se extrañó de cómo un simple gesto pudiera recorrerle de aquella manera su marchito cuerpo. Se descubrió apretando aquella mano con ternura, no sólo en ese momento, sino a partir de entonces todos los días mientras estaban en el jardín. Y lo que fue más inesperado, sentía como si aquella silla, que lo mantenía postrado, se elevara y entonces viajaba con ella a lugares maravillosos y nunca imaginados y es que, como descubrió, el agarre de aquellas manos arrugadas, que se asían para recuperar la vida que aún latía en él, se les había convertido en una verdadera fábrica de sueños.