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  La biblioteca de mi ciudad ha tenido la genial idea de organizar un club de lectura de libros en francés, una oportunidad que he intentado no perder sumándome a ella. Somos en torno a veinte personas, entre ellas cinco o seis nativos y varias profesoras de francés de instituto, además de algunos “aficionados” en profundizar, como yo, en la lengua del país vecino. Ello me permite, aparte de obligarme a leer libros en dicho idioma a perfeccionarme en el habla y escucha del mismo.

            El primer libro en torno al que nos hemos reunido ha sido “Stupeur et trembleur” de Amélie Nothomb. Una escritora belga, nacida en Japón, donde su padre era diplomático en 1967 y que escribe en lengua francesa. Una vez licenciada en Bélgica ella vuelve a Japón, habla japonés, y a trabajar en una gran empresa nipona. Su experiencia laboral y, por tanto autobiográfica, en esta empresa es la que relata en este libro, que en 1999 fue gran premio de la novela de la Academia francesa. Posteriormente en 2003 fue llevada al cine en una película protagonizada por Silvye Testud. En 1992 publicó su primera novela siendo todo un éxito y desde entonces publia una al año.

            El título de esta novela proviene de que en el antiguo protocolo imperial nipón se establece que uno deberá dirigirse al emperador con “estupor y temblores”, signo de esa sumisión con la que se mostrará Amélie al entrar a trabajar en esa empresa japonesa, frente a ese sistema cuadriculado de mandos, la mayoría masculinos y su jefa directa Fubuki Mori.  Desde que empieza a trabajar en la empresa una serie de malentendidos hace que vaya descendiendo de categoría, llegando a realizar ocupaciones verdaderamente absurdas. La autora muestra como choca su mentalidad occidental con la oriental y hace una crítica aguda y acertada de todo ello. Es un libro que se lee fácil y que a pesar de ese tono, en ocasiones, jocoso,  uno llega a preguntarse cómo pudo resistir hasta el final en aquel ambiente laboral. Quizás, pienso yo, fue capaz de sobrevivir toda aquella experiencia pues la miró con esa perspectiva objetiva que le permitió posteriormente retratar por escrito ese mundo asfixiante en el que estuvo inmersa.