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         Acabo de terminar este libro del escritor norteamericano John Williams (1922-1994) y me he quedado con una doble sensación: pena por que se haya acabado y la alegría de haber leído buena literatura.

            No se narra una gran aventura, simplemente la historia del hijo de unos granjeros, William Stoner, que tras su paso por la Universidad acaba convirtiéndose en profesor de Literatura de la misma. Es un hombre como cualquiera con una vida tan anodina como única. Nos retrata magistralmente sus vicisitudes y sus grandes descubrimientos: 

“Sospechaba que comenzaba, con diez años de retraso, a descubrir lo que era y lo que veía era, más o menos lo que se había imaginado que sería. Sentía por fin que empezaba a ser profesor, lo cual era simplemente ser un hombre a quien el libro le dice la verdad, a quien se le concede una dignidad artística que poco tiene que ver con su estupidez, debilidad o insuficiencia como persona. Era un conocimiento que no podía expresar pero que le había cambiado una vez obtenido y mediante el cual nade podía confundir su porte”. (pg 103) 

“En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, muchos más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra” (pg 170)

            Compartimos con Stoner un largo período del siglo XX, las dos guerras mundiales asoman entre sus páginas. Y aparece el gusto por la enseñanza, unas peculiares amistades y sus problemas laborales. Unos seres tan luminosos como apagados, empujados en muchas ocasiones por las circunstancias que les condicionan y un amor continuo que le acompaña, aunque no siempre sea como él hubiera deseado.

 “El amor intenso y fijo, siempre había estado ahí. En su juventud lo había dado sin pensar, lo había dado al conocimiento que le había revelado-¿hace cuántos años?- Archer Sloane; se lo había dado a Edith, en aquellos primeros días tontos y ciegos de cortejo y matrimonio, y se lo había dado a Katherine, como si nunca antes lo hubiera hecho. Lo había ido dando, de manera extraña, en cada momento de su vida y quizás lo había dado más cuando no era consciente de estar dándolo. No se trataba de una pasión ni de la mente ni de la carne; era más bien una fuerza que comprendía a ambas, como si fuere, más que un asunto de amor, su sustancia específica. A una mujer o a un poema, simplemente decía: ¡Mira! Estoy vivo." (pg 217) 

Quizás haya algo de autobiografía, el autor fue profesor universitario, o también se hable de parte de nuestra vida. En el fondo, todos somos Stoner porque en estas páginas, recreadas con tanta habilidad, se nos narran sentimientos tan universales,   que fácilmente nos reconoceremos en ello, llegándonos a emocionar. Un libro que hay que leer.