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     Tercera novela del escritor John Verdon, tras el gran éxito de sus dos anteriores: “Sé lo que estás pensando” y “No abras los ojos”. En todas ellas aparece como protagonista David Gurney un expolicía de homicidios que a pesar de estar retirado en su retiro campestre junto a su mujer Madeleine, cuando aparece un asunto intrigante, cuanto más mejor, ante sus ojos, no ceja hasta encontrar la solución.

     David Gurney se va recuperando poco a poco de las secuelas que dejó la resolución de su último caso, cuando recibe la llamada de una vieja conocida, la periodista Connie Clark, que quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está haciendo un documental sobre la familia de las víctimas de un asesino que nunca fue atrapado, el Buen Pastor.  David acepta y pronto se verá involucrado en un asunto en el que tanto él como sus seres queridos se sentirán vigilados por ese peligroso personaje, que no duda en seguir asesinando. El protagonista se meterá de lleno en una investigación que quiere llevar hasta el final, a pesar de las dificultades que se encuentra incluso provenientes de la propia policía.

             El autor va perfilando cada vez más las características del personaje y nos logra meter en el interior de una mente deductiva, que se va introduciendo en las ideas más de lo que aparentemente se ve. Su peculiar relación con su mujer nos la muestra con una especial ternura que se va dibujando con sus simples gestos o impresiones intercambiadas. La trama no envuelve y nos empuja a no dejar la lectura, hasta que con el protagonista logramos llegar al final de la historia.

“Gurney parecía observar los rescoldos en la rejilla de la estufa, pero tenía la mirada perdida. Se levantó de la silla, encendió la lámpara de pie y se acercó a la isla de la cocina para prepararse un café. Tiempo atrás, había descubierto que para conseguir dar con una solución era bueno distanciarse del problema, ocuparse en otra cosa. El cerebro, libre de la presión de encontrar una respuesta en concreto, solía hallar él solito su propio camino. Como uno de sus vecinos del condado de Delaware, nacido y criado en el lugar, le había dicho en cierta ocasión: “El sabueso no puede atrapar al conejo hasta que lo sueltas de la correa”.