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         La primera vez que escuché hablar de la fachada de la Universidad de Salamanca fue con 13 años, cuando mi profesor de historia, decía que era la mayor joya del plateresco, llamado así porque en la fachada se imitaba el arte de los plateros. No sabía yo entonces lo que era un platero pero mirando la foto que traía mi libro me gustó aquella fachada.

            Años después en una fría noche de abril de 1977, visité Salamanca por primera vez y unos amigos me guiaron por aquellas callejuelas, que a mí me parecían sacadas de otra época. Tras entrar por la calle de los Libreros, de pronto me sorprendieron haciéndome girar la vista  a la izquierda y,  abriéndose la calle a una plaza, el patio de Escuelas, contemplé ante mí, maquillada por la luz de la luna, la magnífica fachada de la Universidad. Me situé junto a la estatua de Fray Luis y me quedé un rato mirando aquel mosaico de variadas imágenes, intentando aguzar la vista para ver aquella extraña rana que decía que había en aquella fachada y cuya visión, decían que, era imprescindible si se pretendía aprobar la carrera.

            Muchas veces visité después aquel entorno mágico y cambiante a la vez, a quien la luz del día y el transcurrir de las estaciones mutaban el color y su aspecto. Sin duda, me quedo con esas horas del atardecer, en que los rayos del sol, que se oculta al otro lado del río, revisten de un tono dorado imposible de igualar para cualquier paleta de colores.

            De ella decía Unamuno: “Eso sí, la fachada se abre a un patio exterior que es un encanto y un consuelo. Luego que ha cesado el vocerío estudiantil, cuando están cerradas y mudas las aulas, en horas o en días de vacación, sobre todo en las tardes lentas del verano, ese patio de las Escuelas Menores, con su broncíneo Fray Luis de León en el centro, sobre su pedestal, con un eterno gesto de apaciguamiento, es algo que habla al alma de lo eterno y lo permanente. No doy por nada del mundo ese patio, henchido en su silencio de rumores seculares, ese patio sin ruido de tranvías ni de ferrocarriles ni de vana agitación humana.”

            No es extraño pues, que dada mi admiración por tan inmensa fachada en mi reciente viaje a Salamanca estuviera deseando subir al Ascensum. Es una plataforma colocada que asciende por la fachada, con motivo de la próxima restauración, y que permite contemplarla de tú a tú, con una perspectiva y cercanía de las que nunca he tenido oportunidad. Podremos detenernos frente a esas figuras que siempre vimos tan altas y tan lejanas, descubrir sus detalles, admirar la habilidad de aquellos canteros e incluso sacar una foto de la rana, con esta perspectiva, que de otra manera hubiera sido imposible. 

            Quedan pocos días, el 14 de octubre termina Ascensum, es una ocasión única que si se tiene la oportunidad debería aprovecharse, con lo que se convertirá esa experiencia en inolvidable.