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   Segundo título de la escritora alemana, de seudónimo Sarah Lark, en torno a unas familias en esa tierra tan desconocida que resulta para nosotros. Tras leer "En el país de la nube blanca", me quedé con más ganas de saber qué le ocurriría a aquellos personajes, que tras tantas páginas se convirtieron en conocidos. Y esta segunda novela no me ha decepcionado, es más me ha gustado incluso más que la primera. A los personajes rápidamente se les reconoce y se encarga con habilidad la autora de en párrafos concisos, recordarnos historias pasadas que ya conocimos, lo que se agradece para refrescarnos la memoria.

    En este relato las protagonistas son Kura y Elaine, las nietas de aquellas mujeres que atravesaron el océano en un barco para casarse en unos matrimonios que nada tuvieron que ver con lo que ella imaginaban. También el amor será el detonante de las aventuras de Elaine y Kura. La primera en un matrimonio que la llevará a un apartado rincón de la isla y la segunda, de sangre maorí y heredera de una importante finca dedicada al cuidado de ovejas, que a través de su matrimonio busca dedicarse a su sueño: el canto. Aparecen personajes verdaderamente odiosos, muy bien elaborados, otros que a medida que transcurren las líneas se transforman de bellacos a héroes y otros como Elaine o Tim, que no dejan en ningún momento de caernos simpáticos. Las vidas de las dos protagonistas dan muchas vueltas y revueltas, pero acabarán por coincidir. El libro termina dejando una puerta abierta a una nueva historia que, sin dudar la espero con ganas.  Una historia larga, pero que se empieza a leer y fluye hasta que se termina, con una cierta pena por llegar al fin.

            “-Señorita Kura, debo agradecerle una vez más por haberme introducido en la interpretación de la flauta de los maoríes. Ha sido impresionante. Y encuentro fascinante la música de esos…esos <>.

            Kura se encogió de hombros.

-No tiene por qué disculparse de que los maoríes sean indígenas-respondió-. Además no es cierto. También inmigraron aquí. En el siglo doce, desde una isla cerca de la Polinesia que se llama Hawaiki. Nadie sabe cuál era exactamente. Sin embargo, los nombres de las canoas en las que viajaron han pasado a la posteridad. Mis antepasados, por ejemplo, llegaron a Aotearoa en la Uruau.

-Aoteroa es la palabra maorí para Nueva Zelanda, ¿verdad? Significa…

-Gran nube blanca- completó Kura aburrida-.”