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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2012.

Ardiente verano

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         María una treintañera que vive en Madrid con su hijo adolescente se tiene que ir a veranear al pueblo de su exmarido, Monbeltrán, a casa de su suegro Abel. A ella no le gusta nada aquel ambiente y afronta muy mal aquellos días allí. Un día paseando por el campo se encontrará con una cuadra y dos caballos,  pero mientras los observa, ella es observada por un hombre a quien no conoce y la introduce en una cabaña…se deja llevar… A partir de este momento su ánimo cambiará y anhelará el momento de encontrarse con aquel desconocido, que pronto se nos revelará a ella y a nosotros quien es.

            Un relato sostenidamente erótico el escrito por Noelia Amarillo, que logra mantener la atención del lector e ir acrecentando progresivamente la tensión sexual de la historia. Las escenas explícitas de sexo van encajadas en una trama argumental que la hace apetecible a la lectura. La ambientación y el paisaje quedan bien retratados y se nos hacen cercanos. Y asistiremos a la evolución de la protagonista y al cimbreo de sus ideas que no eran tan firmes como ella pensaba.

No fue un acto amable ni tierno. No hubo besos delicados ni caricias suaves. Fue el encuentro entre dos maneras de vivir, pensar y sentir. No fue desesperación, instinto ni sexo, sino el choque entre dos voluntades que, sin ser consciente de ello, caminan en la misma dirección a la vez que están separadas por la duda y el recelo. El encuentro entre cuerpo, alma y corazón de dos vidas que se complementan para formar el río vital, caudaloso y salvaje que quiebra la coraza más dura y la convierte en un único latido, compenetrando sus cuerpos y sus sentimientos hasta fundirse”.

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Ascensum

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         La primera vez que escuché hablar de la fachada de la Universidad de Salamanca fue con 13 años, cuando mi profesor de historia, decía que era la mayor joya del plateresco, llamado así porque en la fachada se imitaba el arte de los plateros. No sabía yo entonces lo que era un platero pero mirando la foto que traía mi libro me gustó aquella fachada.

            Años después en una fría noche de abril de 1977, visité Salamanca por primera vez y unos amigos me guiaron por aquellas callejuelas, que a mí me parecían sacadas de otra época. Tras entrar por la calle de los Libreros, de pronto me sorprendieron haciéndome girar la vista  a la izquierda y,  abriéndose la calle a una plaza, el patio de Escuelas, contemplé ante mí, maquillada por la luz de la luna, la magnífica fachada de la Universidad. Me situé junto a la estatua de Fray Luis y me quedé un rato mirando aquel mosaico de variadas imágenes, intentando aguzar la vista para ver aquella extraña rana que decía que había en aquella fachada y cuya visión, decían que, era imprescindible si se pretendía aprobar la carrera.

            Muchas veces visité después aquel entorno mágico y cambiante a la vez, a quien la luz del día y el transcurrir de las estaciones mutaban el color y su aspecto. Sin duda, me quedo con esas horas del atardecer, en que los rayos del sol, que se oculta al otro lado del río, revisten de un tono dorado imposible de igualar para cualquier paleta de colores.

            De ella decía Unamuno: “Eso sí, la fachada se abre a un patio exterior que es un encanto y un consuelo. Luego que ha cesado el vocerío estudiantil, cuando están cerradas y mudas las aulas, en horas o en días de vacación, sobre todo en las tardes lentas del verano, ese patio de las Escuelas Menores, con su broncíneo Fray Luis de León en el centro, sobre su pedestal, con un eterno gesto de apaciguamiento, es algo que habla al alma de lo eterno y lo permanente. No doy por nada del mundo ese patio, henchido en su silencio de rumores seculares, ese patio sin ruido de tranvías ni de ferrocarriles ni de vana agitación humana.”

            No es extraño pues, que dada mi admiración por tan inmensa fachada en mi reciente viaje a Salamanca estuviera deseando subir al Ascensum. Es una plataforma colocada que asciende por la fachada, con motivo de la próxima restauración, y que permite contemplarla de tú a tú, con una perspectiva y cercanía de las que nunca he tenido oportunidad. Podremos detenernos frente a esas figuras que siempre vimos tan altas y tan lejanas, descubrir sus detalles, admirar la habilidad de aquellos canteros e incluso sacar una foto de la rana, con esta perspectiva, que de otra manera hubiera sido imposible. 

            Quedan pocos días, el 14 de octubre termina Ascensum, es una ocasión única que si se tiene la oportunidad debería aprovecharse, con lo que se convertirá esa experiencia en inolvidable.



Misión olvido

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      La segunda y esperada novela de María Dueñas, autora de El tiempo entre costuras que fue todo un éxito literario. En esta segunda novela la protagonista también es una mujer: Blanca, una profesora de universidad  que tras veinticinco años de matrimonio es abandonada por su esposo. Como sus dos hijos son ya mayores, decide pedir una beca en una universidad californiana, para escapar de un ambiente que se le ha hecho irrespirable.

          Al llegar allí se dedicará a ordenar los desordenados documentos de Manuel Fontana, un antiguo profesor de aquella universidad, fallecido veinte años atrás. Era un profesor español que fue a estudiar allí y tras estallar la guerra civil nunca más volvió a España. Entre otras cosas se dedicó al estudio de las misiones franciscanas en California y esas irán apareciendo en aquellos viejos legajos. En esa búsqueda aparecerán distintos personajes, principalmente Daniel Carter. Antiguo profesor de esa universidad y que fue alumno del profesor Fontana. 

La trama salta desde el tiempo que se desarrolla la historia de Blanca, a finales del siglo XX, a las historias de juventud del profesor Fontana o la de Daniel Carter. Aunque la prosa es exquisita, el relato no acabó de engancharme, sobre todo en la primera parte. Luego hay aspectos de una cierta intriga que me atrajeron más mi atención. 

Aunque poca gente ven los títulos de créditos de las películas o lee los agradecimientos de un autor, me ha gustado una frase en este apartado:

"Y finalmente, a todos los lectores que a lo largo de tres años irrepetibles me han inyectado su ilusión y me han pedido que siga escribiendo historias que les rocen el alma y les haga pensar que lo mejor de su vida, muchas veces, todavía está por llegar."

       Habrá que seguir estando atentos a las próximas historias de María Dueñas.


La canción de los maoríes

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   Segundo título de la escritora alemana, de seudónimo Sarah Lark, en torno a unas familias en esa tierra tan desconocida que resulta para nosotros. Tras leer "En el país de la nube blanca", me quedé con más ganas de saber qué le ocurriría a aquellos personajes, que tras tantas páginas se convirtieron en conocidos. Y esta segunda novela no me ha decepcionado, es más me ha gustado incluso más que la primera. A los personajes rápidamente se les reconoce y se encarga con habilidad la autora de en párrafos concisos, recordarnos historias pasadas que ya conocimos, lo que se agradece para refrescarnos la memoria.

    En este relato las protagonistas son Kura y Elaine, las nietas de aquellas mujeres que atravesaron el océano en un barco para casarse en unos matrimonios que nada tuvieron que ver con lo que ella imaginaban. También el amor será el detonante de las aventuras de Elaine y Kura. La primera en un matrimonio que la llevará a un apartado rincón de la isla y la segunda, de sangre maorí y heredera de una importante finca dedicada al cuidado de ovejas, que a través de su matrimonio busca dedicarse a su sueño: el canto. Aparecen personajes verdaderamente odiosos, muy bien elaborados, otros que a medida que transcurren las líneas se transforman de bellacos a héroes y otros como Elaine o Tim, que no dejan en ningún momento de caernos simpáticos. Las vidas de las dos protagonistas dan muchas vueltas y revueltas, pero acabarán por coincidir. El libro termina dejando una puerta abierta a una nueva historia que, sin dudar la espero con ganas.  Una historia larga, pero que se empieza a leer y fluye hasta que se termina, con una cierta pena por llegar al fin.

            “-Señorita Kura, debo agradecerle una vez más por haberme introducido en la interpretación de la flauta de los maoríes. Ha sido impresionante. Y encuentro fascinante la música de esos…esos <>.

            Kura se encogió de hombros.

-No tiene por qué disculparse de que los maoríes sean indígenas-respondió-. Además no es cierto. También inmigraron aquí. En el siglo doce, desde una isla cerca de la Polinesia que se llama Hawaiki. Nadie sabe cuál era exactamente. Sin embargo, los nombres de las canoas en las que viajaron han pasado a la posteridad. Mis antepasados, por ejemplo, llegaron a Aotearoa en la Uruau.

-Aoteroa es la palabra maorí para Nueva Zelanda, ¿verdad? Significa…

-Gran nube blanca- completó Kura aburrida-.”

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