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   Tras alborear aquella mañana de Reyes, aquellos ocho frailes con ilusión casi infantil se dirigieron presurosos a la sala de comunidad a desenvolver sus regalos. Todos los paquetes eran exactamente iguales: de forma rectangular y envueltos primorosamente en un papel de regalo  de color azul con rayas amarillas. Aquellos envoltorios fueron rasgados al unísono, sonando algo parecido al rumor de  unos truenos lejanos.

-¿Qué es esto?- dijeron varias voces, para todos era un sorpresa menos para Fray Alberto el superior, que era el artífice de aquel original regalo.

-Es una tablet- respondió entusiasmado Carlos el novicio, que hasta unos meses antes de su ingreso en el convento había sido un activo hacker.

-Es una tablet- confirmó Fray Alberto-tenemos que modernizarnos en el convento y estar atento al fenómeno de internet.

-¿Una tablet?- dijeron sorprendidos las seis voces a coro.

-Es como un ordenador pero más sencilla de usar. Ya veréis lo práctica que nos va a resultar-  justificó Fray Alberto.

             Y tras el desayuno, Carlos procedió con una limitada paciencia a enseñar el funcionamiento de aquel extraño aparato a sus compañeros. Cuando la paciencia flaqueaba, especialmente con Fray Ezequiel que pretendía pintar encima cual si una pizarra se tratara, Fray Alberto animaba a Carlos indicándole que “enseñar al que no sabe” es una de las obras de la misericordia. Poco a poco, a lo largo del día, casi todos aprendieron a encender la tablet y pasar páginas con sus dedos. A la hora de la merienda Fray Alberto decidió lanzar su idea. A partir del día siguiente  las oraciones se harían con la ayuda de la tablet. Entre él y Carlos descargaron en todas ellas una aplicación llamada iBreviary que pulsando en “rezar”, entraba en los rezos del libro de oraciones de ese día. La cena se convirtió en una gran algarabía donde todos, ilusionados, hablaban de sus progresos con la Tablet. ¿Todos? ¡No! Fray Segundo el decano del convento, a punto de cumplir los 93 años, miraba a aquel extraño aparato como si fuera fruto de una extraña alianza del superior con algún enviado del averno. Por la noche, tras la oración de Completas, el superior solicitó la ayuda del novicio para recoger en la capilla todos los libros de oraciones y deshacerse de ellos. Viéndose con la tablet reflejado en un espejo, no supo cómo, le vino a la memoria aquella imagen de la película “Los diez mandamientos” en que se veía a Charlton Heston descendiendo del Sinaí con las tablas de la Ley. Sonrió. Al día siguiente la oración entraría también en la era digital…

             La campana sonó a las 7 h como cada mañana y a las siete y media tenía que empezar el rezo de Laudes, y digo “tenía” porque a las ocho menos cuarto aún estaba alguno que no atinaba con el botón de encendido, otros intentando silenciar músicas extrañas que sonaban sin saber cómo y uno de ellos intentando raspar con un bolígrafo unas manchas de cera que habían caído sobre la pantalla procedente de uno de los cirios. Al fin con la ayuda de aquellos dos aficionados a la informática, a las 8 y diez de la mañana estaban ya todas las tablets, puestas en el saludo del oficio matutino y el rezo comenzó con normalidad, pero no habían llegado a la mitad del primer salmo cuando la iglesia se quedo a oscuras.

-No importa – dijo alguien- podremos seguir leyendo a la luz de las velas.

             Lo que no sabía el interfecto de aquel apagón había apagado también el router y en todas las tablets apareció el mismo mensaje de “error de conexión”. Cierta algarabía con un cierto sabor a amotinamiento apareció en aquel coro. Un problema surgía para el rezo, los libros habían sido enviados a un librero de segunda mano y aquellas tablets no funcionaban, menos mal que Fray Segundo tan sabio como viejo, con su andar cansino se dirigió al armario del fondo y sacando un antiguo y enorme libro que tenía bien custodiado, lo puso sobre el gigantesco atril del centro del coro. Todos los frailes se colocaron frente al libro de letras gigantes y al fin pudieron volver a aquel rezo coral.

             Mientras salmodiaba el superior pensaba que en cuanto terminaran los rezos tendría que ir a la librería a rescatar aquellos libros que habían retirado el día anterior y que quizás todavía no era buen momento para la instauración de la comunidad 2.0. ¿Le devolverían el dinero de las tablets? La que más le preocupaba era que no le devolvieran el de aquella de la que no había forma de quitarle el goterón de cera de la pantalla.