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      Si hay un personaje de ficción que me sigue seduciendo después de conocerlo durante casi veinte años es la forense Kay Scarpetta. Acabo de leer el libro número 18 de sus aventuras: Port Mortuary. Normalmente cuando han ido publicando estos libros de la escritora Patricia Cornwell, me gustaba sumergirme en su lectura. Aunque, lógicamente, al cabo de tantos años es normal que los libros sean de calidad muy diferente. En este caso, se publicó antes en España el número 19 de la serie “Niebla roja” porque le dieron el V premio internacional de novela negra, pero preferí esperar a que se publicara Port Mortuary para leerlos por orden.

                En este caso la doctora Scarpetta tiene que resolver el caso de un joven que fallece cerca de su casa de Massachussets, aparentemente de una arritmia, pero con modernas técnicas forenses, del instituto de que es directora, descubre que se trata de un asesinato cometido con una peculiar arma.

          Este libro me ha decepcionado y es de los que menos me ha gustado de la serie. Lo he encontrado demasiado envuelto en monólogos. La acción mínima, incluso esos personajes que la acompañan en como Pete Marino y su sobrina Lucy, aquí apenas aparecen. Esa larga espera que he hecho para leerlo no ha sido recompensada. Abrigo más ilusiones en “Niebla roja”, que lo tengo a la espera.

Cito un párrafo en el que Scarpetta se describe en algunos de sus rasgos característicos:

“Decido que mis ojos azules y el pelo rubio corto, la vigorosa forma de mi rostro y figura, no son tan diferentes, son básicamente las mismas, considerando mi edad. Me he conservado bien en todos esos lugares de cemento y acero inoxidable sin ventanas, y buena parte de ello se debe a la genética, a una voluntad heredada de prosperar en una familia tan trágica como una ópera de Verdi. Los Scarpetta son una campechana estirpe del norte italiano, con facciones prominentes, de piel blanca y pelo rubio, con músculos bien definidos y huesos que resisten con tenacidad el tiempo y los abusos de la autoindulgencia que la mayoría de las personas no asociaría conmigo. Pero las pasiones también están ahí, por la comida, la bebida, por todas las cosas deseadas por la carne, no importa lo destructiva que sean. Admiro la belleza y soy una persona sensible, pero también albergo la aberración: puedo ser fría e insensible. Puedo ser inmutable e implacable, y estos comportamientos son aprendidos. Creo que son necesarios. No son naturales en mí, y tampoco en nadie de mi volátil y melodramática familia, y conozco mis orígenes. Del resto no estoy tan segura”