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   Acabo de terminar este libro, flamante Premio Planeta del 2012, escrito por el abogado y escritor Lorenzo Silva.  Sabía antes de leer que me iba a gustar, como efectivamente ha sido y es que ya es el séptimo libro que he leído de la serie que tiene escrita sobre la pareja de guardia civiles formada por el brigada Bevilacqua y la sargento Chamorro, en este caso como en algún otro de los anteriores  acompañados también en sus peripecias por el guardia Arnau. Los tres forman parte de una unidad de la Guardia Civil que se dedican a la investigación de asesinatos en cualquier parte de  España.

     En este caso la víctima es un guardia civil jubilado, Robles, con quien Bevilacqua trabajó y del que aprendió mucho en sus años jóvenes cuando estaba destinado en Cataluña. Lo apreciaba mucho lo que hace que se sienta especialmente involucrado en el suceso. Resulta interesante porque va mostrando el sistema de investigación de la Guardia Civil. Una investigación que les llevará a desplazarse a tierras catalanas y hará aflorar alguno de los demonios interiores que han acompañado al brigada desde entonces. Ya han transcurrido muchos años desde el primer libro de la serie, lo que hace es que los personajes hayan madurado como tales y la larga relación entre los dos protagonistas se haya afianzado como colegas y sólo se atisbe una leve tensión sexual entre ellos.

      Escrito en primera persona por Bevilacqua, dotado de un cierto tonillo irónico con el que nos va narrando las distintas vicisitudes de lo que va sucediendo y, a la vez, las cosas que va pensando sobre lo que le rodea o va sintiendo por dentro.

“No tuve, por tanto, demasiado tiempo para ordenar mis pensamientos, pero de algún modo me las arreglé para rehacerme y darles forma de acción.  Era uno de los pocos síntomas en los que reconocía, a aquellas alturas, la madurez en mi propio carácter. Hacía años que no cedía al abatimiento, pasara lo que pasase. Reconstruir una y otra vez mi posición fortificada, el blocao desde el que resistía contra toda eventualidad los bombardeos y asaltos de la vida, se había convertido en la pulsión principal de mi existencia. Si quería desalojarme el  enemigo tendría que usar gases o bombas incendiarias. Y aun así me aferraría al arma, que era mi deber y la necesidad de cumplirlo a todo trance, y contra todos, empezando por mí mismo. El hombre y la mujer posmodernos tienden a olvidarse de esa herramienta fundamental de supervivencia. Por eso se ven tantos de ellos llorando en las cunetas, desbaratados a la primera adversidad.”