20130324144628-invisible-guardian-11.jpg

         Primer libro que leo de Dolores Redondo y tengo que decir que me ha impresionado muy favorablemente.  La escritora donostiarra, comienza con este libro, publicado en enero del 2013 la que va a constituir “la Trilogía del Baztán”, por estar ambientada en este privilegiado valle navarro, por el que seremos conducidos con suma habilidad.

                La historia comienza con el asesinato de una adolescente en un bosque cercano a Elizondo.   La inspectora de la policía foral Amaia Salazar es encargada de la investigación y vuelve con ello al pueblo donde pasó su infancia.  Allí se dará cuenta de que ese asesinato está relacionado con otro ocurrido semanas antes y su preparación y aparente fortaleza, tendrá que lidiar con un problema interior que le lleva acompañando muchos años y que aflorará, con mucha fuerza al reencontrarse con su familia y aquel ambiente que abandonó hace muchos años. También celos profesionales influirán en la investigación.

                Interesante la trama argumental de la investigación, pero también la trama en la que vamos descubriendo lo que va encerrando Amaia en su interior. Me ha gustado muy especialmente la habilidad de la autora para retratar ese paisaje húmedo y mágico del Baztán y la capacidad de crear una especie de niebla, no exenta de magia y de criaturas de la mitología vasca, como el basajaun, que impregna las líneas de toda la historia.  Ha azuzado mi capacidad de soñar y la certeza, una vez más, de que la línea entre la realidad y la fantasía es mucho más estrecha de lo que imaginamos.

                Sin duda me apunto a seguir leyendo, en cuanto se publiquen, los siguientes libros de esta adictiva trilogía. Una novela ya traducida en varios idiomas y que va a ser llevada a película.

“En el Baztán, la noche era oscura y siniestra. Las paredes del hogar seguían guardando como antaño los límites de la seguridad, y fuera de ellos todo era incertidumbre. No era extraño que hacía apenas cien años el 90 por ciento de la población del Baztán creyese en la existencia de brujas, en la presencia del mal acechando en la noche y en los ensalmos mágicos para mantenerlos a raya.  La vida en el valle había sido dura para los antepasados.  Hombres y mujeres tan valientes como testarudos, empeñados contra toda lógica en establecerse en aquella tierra húmeda y verde que, sin embargo, les había mostrado su cara más hostil e inhóspita, abatiéndose sobre ellos, pudriendo sus cosechas, enfermando a sus hijos y diezmando a las pocas familias que seguían enclavadas allí.

                Corrimientos de tierra, tos ferina y tuberculosis, riadas e inundaciones, cosechas que se pudrían sobre sí mismas sin llegar a salir de la tierra… Pero los elizondarras se habían mantenido firmes junto a la iglesia, luchando en aquel codo del río Baztán que les había dado y quitado todo a su antojo, como avisándoles de que aquél no era lugar para los hombres, de que esa tierra en mitad de un valle pertenecía a los espíritus de los montes, a los demonios de las fuentes, a las lamias y al basajaun. Sin embargo, nada había conseguido doblegar la voluntad de aquellos hombres y mujeres que seguramente habían mirado también a aquel cielo gris, igual que ella, soñando con otro más claro y más benigno. Un valle caracterizado por ser tierra de hidalgos e indianos que se fueron pero que siempre regresaron de ultramar, trayendo con ellos la gran fortuna que se cantaba en el Maitetxu mía y que invirtieron en remodelarlo haciendo exhibición del oro logrado ante sus vecinos y llenándolo de lustrosos palacios y caseríos con grandes balconadas, monasterios dedicados a agradecer su suerte y puentes medievales sobre ríos insalvables”.