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     Conozco a Julia R. Robles desde hace muchos años, aunque nunca nos hemos visto, desde aquel día en que entré en su blog y sus letras me sedujeron. Desde entonces he seguido el camino trazado por sus líneas a través de distintos lugares, hasta llegar a este libro que acabo de leer.

         Durante todo este tiempo he disfrutado con la lectura de sus distintos blogs, mientras ella, a su vez,  poco a poco se ha forjado en el difícil oficio de escritora, en el que ha sido reconocida merecidamente con distintos premios literarios. Ha logrado ver sus textos en papel, primero “Las guapas deberían morir” y “Extrañas mujeres de azul” y este es su tercer libro publicado en solitario.

           Aquí presenta una colección de treinta y dos cuentos para adultos, escritos en ese estilo tan suyo: cuidado, elegante y sensual. Cuentos en los que la realidad y la fantasía se entremezclan y son imposibles de separar. Son narraciones en ocasiones metaliterarias y que en todas ellas con pocas líneas logra elaborar toda una historia, que mágicamente siempre sorprende en la última línea. Nos hablan de letras y de ideas que hacen el sexo entre sí para producir nuevas ideítas y de duendes que besan. Dota de vida a objetos inanimados. Convierte en asesino a un gato o transforma a una mujer en robot y es capaz de hacer que en medio del chisporroteo de las ollas de la cocina surja una bella historia de amor. Una edición cuidada en la que los logrados dibujos de Pablo Manuel Moral Robles contribuyen esencialmente a engalanar estos relatos.

         Sin duda siempre es agradable sumergirse en estos cuentos, pero especialmente en esta época que es tiempo de cerezas.

    “Su susurro sonó en mi oído como una canción de cuna. Era la voz más dulce y sensual que había escuchado nunca. Abrí los ojos (apretados de dolor hasta ese momento) y el rostro de un ángel apareció ante mí. Pero no uno de esos dulzones y maternales, no, éste era el rostro de una mujer de labios rojos y carnosos, de mirada felina, de cabello rojo y ensortijado. Una diosa de Sexópolis, hermosa y deseable, emergió frente a mi cama, forrada con una diminuta bata de enfermera y medias blancas. Traté de incorporarme y el costado me sacudió un latigazo. El grito retumbó por toda la sala de enfermería”.