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Una novela de esas que envuelven y que, a medida que se avanza en ella, acaba atrapando en sus letras hasta tal punto que cuesta realizar, incluso, las necesarias interrupciones de su lectura. El autor es un joven suizo, nacido en 1985, Joël Dicker autor de otras novelas pero a quien esta lo ha consagrado, consiguiendo con ella varios premios prestigiosos.

El protagonista es un joven escritor. Marcus Goldman, de 30 años que se ha hecho rico y famoso con su primera novela, pero que el momento de escribir la segunda, compromiso que había adquirido con su editorial, no llega.  Se encuentra sin la inspiración necesaria y es cuando desesperado decide ir al pueblo de Aurora a visitar a su antiguo profesor universitario y amigo Harry Quebert. Pasa unos días con él  en su casa,  una población que ya conoce por haber pasado allí distintas temporadas y regresa a Nueva York. A los pocos días una llamada de Harry desde la cárcel le anuncia que lo han detenido al encontrarlo sospechoso del asesinato, treinta años antes, de una niña de quince años cuyo cadáver han encontrado enterrado en su jardín.

        Marcus regresa a Aurora, donde intentará demostrar la inocencia de su amigo Harry, a pesar de que tiene que enfrentarse con sus propias circunstancias y a mucha gente que se opone a lo que está haciendo, pues todas las pruebas lo acusan del asesinato de una joven de quince años.  Empieza a investigar y con sus  preguntas vamos conociendo a los distintos habitantes del pueblo. En sus pesquisas cuenta con la ayuda del sargento Gahalowood. La acción se retrotrae continuamente  a lo ocurrido treinta y tres años antes, mezclándolo con habilidad con los hechos actuales.  A medida que investiga Marcus se da cuenta de que todo lo ocurrido allí es el tema que llevaba buscando para su segunda novela y empieza a escribirla.

           Conoceremos que había una historia de amor entre Harry y aquella joven e iremos sabiendo lo que hacía cada personaje en aquellos días de 1975 en que ocurrieron los hechos. Dicker consigue sorprendernos continuamente a medida que avanza el relato. Aparte de la intriga que impregna sus páginas es una novela metaliteraria, nos habla de escribir y en la historia nos habla de distintas novelas. Sus protagonistas son escritores y Harry irá aconsejando a Marcus como debe escribir en distintos capítulos del libro.  Si es un libro delicioso para los que le gusta leer será doblemente delicioso para los que, además, les guste escribir. Sólo un pequeño pero: me choca cuando se hablan de “usted” algunos personajes a los que se les supone amistad o incluso cariño.

“Y ése es el error que cometió hace unos meses, cuando Barnaski le reclamó un nuevo manuscrito.  Se puso a escribir porque tenía que escribir un libro, no para dar un sentido a su vida. Hacer por hacer nunca ha tenido sentido: así que no tenía nada de extraño que fuese incapaz de escribir una sola línea.  El don de la escritura es un don no porque escriba correctamente sino porque puede dar sentido  a su vida. Todos los días hay gente que nace, y otros que mueren. Todos los días, millones de trabajadores anónimos entran y salen de enormes edificios grises. Y luego están los escritores. Los escritores viven la vida más intensamente que los demás, creo.  No escriba usted en nombre de nuestra amistad Marcus. Escriba porque es el único medio para usted de hacer esa minúscula cosa insignificante que llamamos vida una experiencia válida y gratificante”.

“Ése es precisamente su trabajo como escritor. Escribir significa que usted es capaz de sentir mejor que los demás y transmitirlo después.  Escribir es permitir a sus lectores ver lo que a veces no pueden ver. Si sólo los huérfanos contasen historias de huérfanos no llegaríamos a ninguna parte.  Eso significaría que no podría usted hablar de madres, de padres, de perros o de pilotos de avión, ni de la Revolución Rusa, porque no es usted ni madre, ni padre, ni perro, ni piloto de avión y no ha conocido la Revolución Rusa.  No es más que Marcus Goldman. Y si todos los escritores debieran limitarse a sí mismos , la literatura sería espantosamente triste y perdería todo su sentido.  Tenemos derecho a hablar de todo, Marcus, de todo lo que nos conmueve.  Y no existe nadie que pueda juzgarnos por eso.  Somos escritores porque hacemos diferente una cosa que todo el mundo a nuestro alrededor sabe hacer: escribir. Ahí reside nuestro ingenio”.