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Novela de escritor y ensayista francés Pascal Quignard, nacido en 1948. Se nos narra la historia de Claire, mujer de 47 años que abandonó su carrera profesional en Paris para volver al pueblo de la Bretaña en el que creció. Se encuentra allí con la señora Landon, su antigua profesora de piano y se va a vivir con ella. Se reencontrará con Simón, su antiguo y permanente amor, y con su hermano Paul, a quien le une una trágica infancia.

         El relato es intimista, escrito con minuciosidad y detalle, pero no lleva una secuencia temporal ordenada, ni aparentemente lógica. La historia viene y va, unas veces el narrador es omnisciente y en otros capítulos son algunos de los personajes los que toman las palabras. He disfrutado con el uso de la prosa que hace Quignard, la he saboreado. Lo que no me ha gustado es la historia en sí.

“Aunque Claire dominase decena de idiomas, decía flores y ya está. Flores de cornisa. O flores de rocas negras. Paul como buen alumno, decía los nombres sabios, latinos, ingleses. Yo también, aunque sin ser tan sabio como él. En cambio la hija de Claire, Juliette, sabía nombrarlo todo, de manera auténtica, sabía traducirlo todo a los nombres comunes, accesibles a todo el mundo. Decía albercorque, botón azul, silene. Sobre las rocas grises decía telefio amarillo. Decía ciruelo, borraja, escaramujo, alheñas. Me lo mostraba todo y me lo enseñaba todo. Decía festuca roja, aulagas, armuelle. Me gustaba la alta Juliette como profesora de ciencias naturales. La escuchaba con un placer infinito hablar de una forma tan sencilla y tan segura. Dios es verdaderamente el Verbo. Todo, sin excepción, incluso lo más bajo, una vez nombrado, aumenta su existencia, acentúa su independencia, se hace suntuoso”.