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          Sólo son ya un recuerdo. Un ayer reciente. Un período siempre tan esperado como, en ocasiones, frustrante.  Necesitaba descansar, olvidar las preocupaciones laborales y la esclavitud del reloj, aunque me quede la duda de qué es lo verdaderamente relajante. ¿Es viajar a sitios lejanos y exóticos? ¿Quizás el intentar hacer esas cosas para las que no tenemos habitualmente tiempo y que finalmente quedan sin hacerse? ¿O tal vez acallar simplemente ese gorjeo interno de preocupaciones, sustituyéndolo por el rumor arrítmico y siempre diferente de las olas del mar? Probablemente  tiene mucho que ver con seguir a la captura, de una manera más fácil, de esos instantes luminosos que, a lo largo del día,  nos hacen sentirnos felices.

           Finalmente pasaron de largo y mejor es no hacer el balance, pues nunca son como habríamos deseado, en parte por nosotros y en parte por las circunstancias.  Y quedan dentro esas sensaciones de remoloneos en la cama, cervezas en chiringuito, paseos por la playa, paisajes diferentes, buena compañía y horas de lectura.  El lector de libros electrónicos ha sido como una tabla de surf que durante horas me acompañaba. Con él he vivido historias impensables, recorrido paisajes maravillosos y conocido tanto a feroces asesinos como a seductores protagonistas. He surfeado sobre las olas de la fantasía disfrutándolas y sintiéndolas bajo mis pies.  Y todas esas sensaciones ya  pasadas se acumulan en desorden con aquellas otras de vacaciones lejanas que el tiempo las ha tintado en sepia y de nostalgia.

                Entro en la oficina, aparentemente está como siempre. Aún recuerdo la contraseña del pc, le doy al intro y se abre el programa de correos….como una catarata asoman todos los correos no leídos y se desparraman en fuertes remolinos rompiendo en mil pedazos los últimos restos de la tabla de surf. En media hora, todo lo pasado será un mero recuerdo.  Las viejas historias, aparentemente dormidas, comenzarán a brotar. El teléfono comienza a sonar y le diré a mi interlocutor lo que dijo aquel agustino en las aulas de la Universidad de Salamanca: Cómo decíamos ayer…