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    Noviembre termina. Ha sucedido casi de puntillas y el calendario lo ha atravesado como una mera transición al jolgorio prenavideño.  Los árboles tras amarillear de melancolía se desprendieron de sus hojas para alfombrar el campo y convertir los paseos en una sinfonía de crujidos bajo el paso de nuestras suelas. Paseos entre troncos de ramas desnudas, con el viento frío haciéndonos conscientes de puro frí de nuestra cara y manos.

     Este mes agita el aire como a un visillo oscilante,  a través del cual, día a día, se va disolviendo lentamente, resistiéndose, la luz cegadora del verano. Aromas con rumor a nostalgia infantil pueblan el aire. Nostalgia a aquellos años en que, llegada esta época, nuestras piernas menudas desaparecían bajo la tela gruesa, casi incómoda, de los pantalones largos. Días cortos, noches eternamente largas en torno a una mesa camilla, caldeada por el brasero eléctrico, en la que, sin darnos cuenta, íbamos creciendo y desprendiéndonos de las ilusiones que nos ayudaban a mantener la ingenuidad.

      Cielos grises que azuzan la melancolía en un cuerpo vestido con una piel en la que vamos descubriendo nuevas arrugas, que queremos creer que son surcos de madurez. Se aproxima el  invierno y todo lo que nos rodea nos habla de ello. Aumenta la oscuridad y adelgaza ese grueso calendario con que iniciamos el año.   Pero llegará un día, la experiencia nos dice que será así, en que poco a poco la luz se desperezará y cubriendo casi pudorosamente las ramas, asomen los primeros brotes de la primavera