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         Segundo libro de la “Trilogía del Baztán” de la escritora donostiarra Dolores Redondo.  Que sigue la estela de su primera novela “El guardián invisible”.  En este libro la inspectora Amaia Salazar ha ascendido a jefa de homicidios de la Policía Foral de Navarra, puesto al que se incorpora tras la baja maternal al haber tenido a su hijo Ibai.  Tendrá que dirigir la investigación de un inteligente asesino que induce a distintos hombres a asesinar a sus mujeres y cortarles en brazo dejando una palabra “tarttalo”. El asesino la implica directamente a ella, por lo que tiene que hacer lo posible para que sus emociones no condicionen la investigación. Al mismo tiempo la complicación del caso hace que no pueda dedicar todo el tiempo que quisiera  a su hijo, cuestionándose su papel de madre.

         La historia seduce desde el principio y no se puede dejar de leer. Seguiremos profundizando en la protagonista y su historia. Seguiremos disfrutando del paisaje navarro y de sus descripciones.

         La escritora ha creado un personaje, la inspectora Amaia Salazar, atractivo y cercano, una mujer inteligente y resolutiva pero no exenta de debilidades e  influenciada por un pasado muy difícil. Sus libros están cargados de un ambiente onírico que los hace y sobre todo son capaces de retratar el paisaje del valle del Baztán con la misma habilidad que un pintor de pincelada suelta. No es extraño que se haya convertido en un fenómeno editorial y la escritora de ser una desconocida haya vendido 100.000 ejemplares de su primer libro, que se ha vendido a 17 países y se va a llevar a película. Me han encantado los dos libros, con el primero tuve la oportunidad de conocer a la autora en la Feria del Libro de Madrid y que me lo firmara.

        Y de la literatura ha surgido el turismo, unos viajes organizados que gracias al libro de Dolores Redondo ha revitalizado el entorno de Elizondo  y con una visita guiada se pueden seguir por allí los pasos de Amaia.

“-Sabes que en el pasado en Baztán las mujeres no podían salir de casa hasta transcurrido un mes después del nacimiento del hijo. Era el tiempo que la Iglesia estimaba para garantizar que el bebé estaba sano y no moriría. Al cabo de un mes, podía bautizarlo y sólo entonces la madre podía salir de casa para llevarlo a la iglesia. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Las mujeres del Baztán siempre se han caracterizado por hacer lo que hay que hacer. La mayoría tenía que trabajar, tenían otros hijos, ganado, vacas que ordeñar, trabajo en el campo, y un mes era mucho tiempo. Así que cuando tenían que salir de casa mandaban a su marido al tejado por una teja, se la colocaban sobre la cabeza y anudaban fuertemente el pañuelo para que no se les cayese. Aunque tuviesen que salir, no dejaban de estar bajo su tejado, y ya sabes que en Baztán, hasta donde llega el tejado llega la casa, y así podían atender sus quehaceres sin dejar de cumplir la tradición”.