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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2013.

Lo que quiero ahora

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   En estos días previos a los Reyes Magos, en que esa locura de las compras de regalos parece desafiar a la misma crisis económica, me ha encantado que una amiga mía haya decidido compartir conmigo este artículo de Angeles Caso y del que cito lo que más me ha gustado:

"Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.

También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo."

     Me apunto a esos regalos que nos moldearán el ánimo y nos ayudarán a hacer disfrutar a los de nuestro alrededor.


Me deseó felices sueños

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     Si siempre la ausencia que produce la muerte es dolorosa, se convierte en desgarradora cuando es la ausencia de la madre y ésta ocurre cuando un niño tiene nueve años. Esta es la historia que nos narra en su novela el periodista italiano Massimo Gramellini y que tiende a convertirse en especialmente cercana al lector cuando sabemos que es una autobiografía.

Nos narra la historia de Massimo un niño de nueve años, al que un día se le muere la madre y desde entonces camina de puntillas por la vida. Una herida le acompaña continuamente y le hace ser torpe en el plano sentimental, hasta que llega un momento en que decide dar un paso que ilumine toda aquella oscuridad y le haga reconciliarse con sí mismo y con su, ya muy antiguo, doloroso pasado.

Es una historia dolorosa y de superación que escrita en primera persona no nos deja indiferentes y nos conduce por los caminos intrincados del interior de su autor, que en definitiva puede ser una historia de cualquiera.

"Por fin era alguien.

El sueño de escribir se había materializado de forma imprevisible cuando creía que ya no deseaba alcanzarlo. Si un sueño es tu sueño, aquel por el que has venido al mundo, puedes pasarte la vida escondiéndolo detrás de una nube de escepticismo, pero nunca lograrás librarte de él. No dejará de mandarte señales desesperadas, como el aburrimiento y la falta de entusiasmo, confiando en que te rebeles".




Una comunidad 2.0

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   Tras alborear aquella mañana de Reyes, aquellos ocho frailes con ilusión casi infantil se dirigieron presurosos a la sala de comunidad a desenvolver sus regalos. Todos los paquetes eran exactamente iguales: de forma rectangular y envueltos primorosamente en un papel de regalo  de color azul con rayas amarillas. Aquellos envoltorios fueron rasgados al unísono, sonando algo parecido al rumor de  unos truenos lejanos.

-¿Qué es esto?- dijeron varias voces, para todos era un sorpresa menos para Fray Alberto el superior, que era el artífice de aquel original regalo.

-Es una tablet- respondió entusiasmado Carlos el novicio, que hasta unos meses antes de su ingreso en el convento había sido un activo hacker.

-Es una tablet- confirmó Fray Alberto-tenemos que modernizarnos en el convento y estar atento al fenómeno de internet.

-¿Una tablet?- dijeron sorprendidos las seis voces a coro.

-Es como un ordenador pero más sencilla de usar. Ya veréis lo práctica que nos va a resultar-  justificó Fray Alberto.

             Y tras el desayuno, Carlos procedió con una limitada paciencia a enseñar el funcionamiento de aquel extraño aparato a sus compañeros. Cuando la paciencia flaqueaba, especialmente con Fray Ezequiel que pretendía pintar encima cual si una pizarra se tratara, Fray Alberto animaba a Carlos indicándole que “enseñar al que no sabe” es una de las obras de la misericordia. Poco a poco, a lo largo del día, casi todos aprendieron a encender la tablet y pasar páginas con sus dedos. A la hora de la merienda Fray Alberto decidió lanzar su idea. A partir del día siguiente  las oraciones se harían con la ayuda de la tablet. Entre él y Carlos descargaron en todas ellas una aplicación llamada iBreviary que pulsando en “rezar”, entraba en los rezos del libro de oraciones de ese día. La cena se convirtió en una gran algarabía donde todos, ilusionados, hablaban de sus progresos con la Tablet. ¿Todos? ¡No! Fray Segundo el decano del convento, a punto de cumplir los 93 años, miraba a aquel extraño aparato como si fuera fruto de una extraña alianza del superior con algún enviado del averno. Por la noche, tras la oración de Completas, el superior solicitó la ayuda del novicio para recoger en la capilla todos los libros de oraciones y deshacerse de ellos. Viéndose con la tablet reflejado en un espejo, no supo cómo, le vino a la memoria aquella imagen de la película “Los diez mandamientos” en que se veía a Charlton Heston descendiendo del Sinaí con las tablas de la Ley. Sonrió. Al día siguiente la oración entraría también en la era digital…

             La campana sonó a las 7 h como cada mañana y a las siete y media tenía que empezar el rezo de Laudes, y digo “tenía” porque a las ocho menos cuarto aún estaba alguno que no atinaba con el botón de encendido, otros intentando silenciar músicas extrañas que sonaban sin saber cómo y uno de ellos intentando raspar con un bolígrafo unas manchas de cera que habían caído sobre la pantalla procedente de uno de los cirios. Al fin con la ayuda de aquellos dos aficionados a la informática, a las 8 y diez de la mañana estaban ya todas las tablets, puestas en el saludo del oficio matutino y el rezo comenzó con normalidad, pero no habían llegado a la mitad del primer salmo cuando la iglesia se quedo a oscuras.

-No importa – dijo alguien- podremos seguir leyendo a la luz de las velas.

             Lo que no sabía el interfecto de aquel apagón había apagado también el router y en todas las tablets apareció el mismo mensaje de “error de conexión”. Cierta algarabía con un cierto sabor a amotinamiento apareció en aquel coro. Un problema surgía para el rezo, los libros habían sido enviados a un librero de segunda mano y aquellas tablets no funcionaban, menos mal que Fray Segundo tan sabio como viejo, con su andar cansino se dirigió al armario del fondo y sacando un antiguo y enorme libro que tenía bien custodiado, lo puso sobre el gigantesco atril del centro del coro. Todos los frailes se colocaron frente al libro de letras gigantes y al fin pudieron volver a aquel rezo coral.

             Mientras salmodiaba el superior pensaba que en cuanto terminaran los rezos tendría que ir a la librería a rescatar aquellos libros que habían retirado el día anterior y que quizás todavía no era buen momento para la instauración de la comunidad 2.0. ¿Le devolverían el dinero de las tablets? La que más le preocupaba era que no le devolvieran el de aquella de la que no había forma de quitarle el goterón de cera de la pantalla. 

 


Un antiguo profesor

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        Hay veces que determinados acontecimientos sirven como un descorchador de los recuerdos que guardo, aparentemente dormidos, en mi memoria y hace que salgan espabiladamente de la misma. Eso me ha ocurrido cuando me he enterado del fallecimiento repentino de mi viejo profesor de matemáticas.

            Durante mi etapa como alumno tuve muchos docentes, pero sin duda éste fue el mejor profesor que tuve, sobre todo porque consiguió algo muy complicado con un alumno de quince años, despertarle el gusto por las matemáticas. Logró que aquel extraño mundo de extraños signos me hablara de una forma inteligible e incluso atractiva. El hecho de que en la primera clase en vez de soltar definiciones memorísticas, se sentara sobre la mesa con las piernas colgando en el aire  y nos hiciera preguntas, que nos hacían pensar, a través de las que nos lograba acercar a los conceptos matemáticos, nos indicaron que aquellas clases iban a ser diferentes.

            A través de él conocí a las derivadas y disfruté resolviendo integrales, como el que resuelve un pasatiempo, descubrí que el infinito matemático no estaba tan lejos y con todo ello puso las bases que luego fueron fundamentales en mis estudios universitarios.

            Aunque nació en Madrid, pasó muchos años enseñando a los jóvenes gaditanos. Cuando trabajé en Madrid, casualmente viví frente a la casa donde había vivido su infancia y los panaderos del barrio, un matrimonio que entre los dos debían de sumar unos ciento ochenta  años, lo recordaban de pequeño comprando allí el pan. Recuerdo que nos contaba que cuando esperaba el autobús, para no aburrirse, se dedicaba a resolver problemas de matemáticas, lo que causaba nuestro asombro. Hemos coincidido luego muchas veces en los paseos veraniegos por la playa o en distintos actos, pero siempre lo recordaré con su bata blanca, cerrada alrededor del cuello (como esta caricatura que le hice allá por el año 1975) y dando golpes con el puño en una pizarra llena de “x” en color blanco como si con eso consiguiera abrir las mentes, algunas veces bastante cerradas y resistentes, de sus alumnos.

            ¡Descansa en paz Valentín! No me extrañaría que a partir de ahora a los ángeles se aficionaran a las matemáticas…


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