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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2013.

Dispara yo ya estoy muerto

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      Acabo de terminar la última y extensa novela de Julia Navarro. En ella nos narra la historia de dos sagas familiares una judía, la familia Zucker, y otra musulmana, la familia Ziad, y una gran historia de amistad e interrelación entre ellas. Viajaremos con los personajes por Rusia, Paris y sobre todo estaremos en Jerusalén. Aparece la crueldad de los campos de concentración y sobre todo conoceremos el origen del moderno estado de Israel.

Judíos y palestinos, al igual que en la actualidad, sueñan con ser los dueños de una misma tierra y descubriremos los altibajos históricos que esta tensión ha producido. Veremos como los personajes de ambas familias van creciendo, como la amistad a pesar de ser de distinta raza se mantiene a través de generaciones y cómo muchas veces las circunstancias son imposibles de resistir y hacen flaquear a las más hondas convicciones.

         He leído varias novelas de esta escritora y debo decir que ésta es la que menos me ha gustado. Tal vez haya influido la forma de narrar a través del encuentro de un judío con una mujer de una ONG que viene a hacer un estudio de los asentamientos judíos. Cada uno va contando la narración de una familia diferente. Hay muchos personajes, bien tramados pero hay momentos en que parecía que ciertos retazos de la historia corrían mucho y otros que me han resultado muy lentos. 

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La isla de las mil fuentes

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     Tras leer hace unos meses la trilogía de la escritora alemana Sara Lark sobre Nueva Zelanda, me he decidido ahora a leer esta novela que nos traslada al Caribe, concretamente a la isla de Jamaica a principios del siglo XVIII.

Nora una joven londinense hija de un rico comerciante, se enamora de Simón, un contable que trabaja para su padre y los dos aspiran a irse a vivir a Jamaica una isla de la que han oído hablar mucho. Pero la muerte prematura de éste ocasionará el fin de esas ilusiones, aunque nunca olvidará a aquel primer amor. Más adelante conoce a Elías dueño de una plantación en Jamaica y aunque en su corazón sigue vivo el recuerdo de Simón, se casará con él y conseguirá aquella ilusión que tenía de irse a Jamaica. Allí será la dueña de una plantación en la que trabajan esclavos. 

Conoceremos el Londres de aquella época y el ambiente social de Jamaica y el trato a los esclavos provistos de cualquier clase de derechos. Algunos personajes se hacen terriblemente antipáticos y otros todo lo contrario. En algún momento he recordado a la trilogía que leí, en ambos casos una jovencita se va con un hombre mayor que ella a tierras lejanas y se lleva, incluso, su caballo. Este relato me ha gustado menos, he echado de menos una mayor complejidad en la historia, aunque sí me ha gustado el retrato del ambiente de aquella lejana isla.

       Acabo de conocer que está prevista una segunda parte. Esta parte se puede leer independientemente de la que continuará.

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El asesinato de Pitágoras

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           Una interesante novela del  escritor Marcos Chicot, madrileño nacido en 1971 y sicólogo clínico de profesión, que nos sumerge en el mundo de los antiguos griegos. La novela, muy bien documentada, nos hace un retrato vivo de la antigüedad en torno a un personaje importante de aquella época como es Pitágoras, filósofo y matemático conocido sobre todo por su famoso teorema.

                La historia arranca en la ciudad de Crotona donde Pitágoras ha creado su escuela filosófica. Pitágoras piensa que ha llegado el momento de elegir a su sucesor, pero uno de los candidatos muere envenenado.  Pitágoras solicita la intervención de Akenon un investigador, que tras resolver su último caso en la ciudad de Síbaris y haber recibido una gran  cantidad de oro, pensaba ya en un sosegado retiro en Cartago.  Tras aquel asesinato van sucediendo otros y tras ellos se adivina una mente perversamente inteligente, que pretende socavar todo la labor realizada por Pitágoras con su escuela.  Akenon ayudará a resolver aquel difícil rompecabeza y en esa investigación estará ayudado por Ariadna, la hija Pitágoras, una mujer hermosa e inteligente que guarda en su interior los resquicios dolorosos de su pasado. Los personajes estás muy bien perfilados con sus bondades, perversidades y dudas.

                Novela que atrapa desde las primeras páginas.  Viajaremos hasta la Magna Grecia, unos 500 años antes de Cristo, y seremos espectadores, del ambiente de aquella escuela pitagórica, de revoluciones, de luchas entre ejércitos, violencia y momentos de pasión amorosa. Hay momentos en que cuesta interrumpir la lectura por el empuje violento de los acontecimientos que van sucediendo. Me ha gustado menos esa forma que tiene el autor de finalizar los capítulos en el momento de mayor intriga para retomar esa escena páginas más adelante.

                Novela finalista del premio Planeta y de la que se anuncia una segunda parte para el 2014 con el título de La Hermandad, que se inicia con sus primeras páginas al final de esta novela.

 


De reconocimiento médico

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                 Una vez al año acudo al reconocimiento médico de empresa y hoy ha sido ese día. Tuve que madrugar más de la cuenta y coger el autobús, porque me supone desplazarme unos cincuenta kilómetros hasta donde está el Centro Médico.  La hora es tan tempranera que puedo disfrutar del espectáculo, siempre hermoso, del amanecer a través de la ventana. Llego justo cuando están abriendo la puerta y en pocos minutos un enfermero de aspecto circunspecto me da un pinchazo en el brazo, que apenas noto, para extraerme sangre.

                A continuación entra la enfermera para decirme que me vaya quitando la camisa y me tumbe en la camilla para hacerme un electrocardiograma. Me tumbo en la camilla y como suele ser habitual, debido a mi altura, los pies quedan colgando.  Me coloca ventosas sobre mi pecho, conecta los cables y, tras impregnarlos con alcohol, pinzas sobre mis muñecas y tobillos. Le da al botón y veo que empieza  a poner cara rara, dice que hay unas interferencias en mis extremidades. Repite la medida y vuelve a ocurrir lo mismo. Le digo que eso mismo me ha pasado en los electros de los últimos cuatro años lo que parece tranquilizarla, recorta el papel para dárselo al médico.  A continuación quitarme los zapatos y subirme al peso para peso y medida. Teóricamente, para tomarme la altura, ella tenía que bajar hasta abajo el aparato de medida para que estuviera sobre mi cabeza, pero como no le daba la altura tuve que ser yo quien me lo colocara. Luego una espirometría. Nunca he entendido esto de coger aire con una pinza en la nariz, soplar y encima me entra tos con lo que casi me atraganto. Me visto, al fin, y me voy a desayunar.

                Al rato vuelvo al reconocimiento con el médico. Llega ese momento malo en que te dice que has engordado respecto al año pasado, con un cierto sonrojo por su parte, cuando desde lo alto de su oronda barriga dice que no es el más indicado para criticarlo.  Dobleces de cuellos y extremidades, ejercicios con los ojos, audiometría… Me dice que me quite la camisa para auscultarme, luego que me quite los pantalones y los zapatos y me tumbe en la camilla. Sigue su exploración hasta que me dice que puedo vestir. Me mandará el resultado de los análisis.

                Tengo tiempo hasta la siguiente consulta, la del urólogo y me llego a ver a mis compañeros que trabajan en esta ciudad. Saludo a un ATS que trabaja allí y le comento lo del electro y las interferencias. Te voy a hacer uno, me dice, quítate la camisa. Otra vez sobre una camilla: cables y pinzas. Y en cuanto empieza a hacerlo, me dice que, efectivamente, están saliendo unas interferencias sobre el papel. Ahora en vez de alcohol, me impregna con un gel, repite prueba y ocurre lo mismo. Es la primera vez que veo esto, me dice, enséñaselo al médico a ver que te dice, aunque seguramente te dirá que te lo hace él. Me visto y voy a ver al médico a su despacho y desconfiando del electro, efectivamente, me dice que me lo hace él. De nuevo, me quito la camisa (he perdido la cuenta de cuántas veces van) y me tiendo sobre la camilla. Pinzas y cables de nuevo, botón del electro e interferencias que vuelven a salir. Me dice que me relaje, estoy muy relajado a pesar de tanta repetición, que me saque las llaves del coche, cosa difícil por haber venido en el autobús, que me quite las gafas, que me quite el reloj, el cinturón y que me descalce (parece que voy a pasar el control de seguridad de un aeropuerto). Otra vez al botón y siguen saliendo esas interferencias. Al final se le ocurre que eso de que mis pies estén colgando de la camilla, puede ser la causa, como la camilla no se puede estirar, soy yo el que tengo que subirme aunque la cabeza se me salga un poco por arriba y parece que las interferencias ahora se reducen, por lo que parece que la probable causa era la leve tensión muscular de los tobillos colgando en el aire. Me vuelvo a vestir y con mi flamante electro me despido de mis compañeros para volver al centro médico para la consulta del urólogo.

                Me saluda efusivamente y me lleva a sala de exploración. Me dice que me baje los pantalones, me siento en una silla extraña y con un extraño mecanismo me levanta las piernas hacia arriba. Me pringa toda la barriga con un líquido pringoso y empieza a manejar el ecógrafo para observar mis riñones. En la pared, frente a mis ojos hay una televisión que yo pensaba que podría ser para distraerse uno, mientras el médico se dedicaba a lo suyo, hasta que me dijo, observa que bien está el riñón. Yo veía unas sombras con distintos grises y me asombraba de la capacidad visual del especialista. Terminados los riñones, vino algo peor, ahora me dice que me baje pantalones y calzoncillos y me vuelve a pringar con ese líquido pegajoso, que ahora además noto que está helado y otro rato de observación ecográfica por lugares tan íntimos mientras yo sólo sigo viendo sombras en la televisión. Todo bien…ufff! Qué alivio! Deshace el mecanismo y me puedo bajar de la silla pero antes de que me dé tiempo a inspirar con tranquilidad me advierte que no me suba los pantalones y me dé la vuelta. No te preocupes que es con lubricante. Cierro los ojos y no pienso en nada, aguantando la respiración durante varios minutos, hasta que me dice: todo perfecto! Puedes vestirte. Ahora sí que poco a poco, recupero la respiración con sincero alivio. Me visto y nos despedimos.

                Salgo corriendo porque el autobús está a punto de salir en diez minutos, llego sudando a pesar del frío, compro el billete y me siento en el asiento. Como un reflejo me palpo el pantalón a ver si tengo puesto el cinturón o me lo he dejado en cualquiera de los múltiples sitios por los que he pasado. Lo tengo puesto!  Mientras miro por la ventanilla, pienso que prefiero mucho más un día normal de trabajo a ese ajetreo médico de días como el de hoy.

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Vive como puedas

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     Es imposible no sentir simpatía por Luis, ese personaje entrañable creado por Joaquín Berges, nacido en Zaragoza en 1965, en esta novela suya. Luis es un ingeniero que ha decidido escribir un diario, con el que pretende narrar y atrapar sobre el papel esas cosas que le ocurren en su vida. Su vida es de todo menos aburrida. Divorciado de Carmen, su primera mujer, a quien sigue deseando en secreto y con la que tiene dos hijos, está casado ahora con Sandra, sensual pero que se pierde en hacerle una vida sana y ecológica en todos los sentidos. Vive con dos hijos, uno común con Sandra y otra que aportó Sandra a su matrimonio. El primero es un niño de cinco años que siempre quiere respuestas y la segunda es un personaje que me ha encantado, una niña de diez años sabia y filósofa.  Su mejor amigo y vecino es Carles un médico soltero y que le hace de paño de lágrimas de su ajetreada vida, que a medida que pasan las páginas se van enredando cada vez más, provocando comocidad y el deseo de seguir leyendo para ver como acaba la cosa. Otro de los personajes es Dumbo, un payaso hábil y cortante a la vez con los niños que vive una doble vida.

La narración se alterna entre un narrador y el monólogo de Luis cuando escribe su diario, que nos permite entrar en la peculiar confusión de su mente. Con estos mimbres y personajes tan bien trazados, a la vez reales y absurdos, es imposible no leer esta narración con una sonrisa continua, a pesar de que en algunos momentos está salpicado de tragedia. Un libro muy agradable de leer y capaz de producir endorfinas. Aconsejable.

"Es difícil permanecer impasible ante un ser humano capaz de follarse a una criatura como Cris, a la que hace apenas unos años yo mismo cambiaba los pañales. Muy difícil.

   Supongo que todo se debe a un prejuicio grabado a fuego en mi primitivo cerebro de padre, como si no quisiera que un material genético desconocido se mezclara con el de mi hija, que es el mío. O quizás no sea más que un problema de celos. No sé. El único remedio que conozco para superar esta dificultad es un ejercicio de razonamiento (nada menos). No hay otra alternativa que me permita aceptar que un semejante del género masculino vaya a tocar, lamer y penetrar el sexo de mi hija. Sólo la razón puede ayudarme a comprender que ese acto no es una violación o un ultraje sino la expresión corporal de un sentimiento, la respuesta a una llamada de la naturaleza y, sobre todo, un camino hacia la satisfacción personal de esa hija que uno desea proteger hasta más allá de lo posible".

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Bye Noviembre

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    Noviembre termina. Ha sucedido casi de puntillas y el calendario lo ha atravesado como una mera transición al jolgorio prenavideño.  Los árboles tras amarillear de melancolía se desprendieron de sus hojas para alfombrar el campo y convertir los paseos en una sinfonía de crujidos bajo el paso de nuestras suelas. Paseos entre troncos de ramas desnudas, con el viento frío haciéndonos conscientes de puro frí de nuestra cara y manos.

     Este mes agita el aire como a un visillo oscilante,  a través del cual, día a día, se va disolviendo lentamente, resistiéndose, la luz cegadora del verano. Aromas con rumor a nostalgia infantil pueblan el aire. Nostalgia a aquellos años en que, llegada esta época, nuestras piernas menudas desaparecían bajo la tela gruesa, casi incómoda, de los pantalones largos. Días cortos, noches eternamente largas en torno a una mesa camilla, caldeada por el brasero eléctrico, en la que, sin darnos cuenta, íbamos creciendo y desprendiéndonos de las ilusiones que nos ayudaban a mantener la ingenuidad.

      Cielos grises que azuzan la melancolía en un cuerpo vestido con una piel en la que vamos descubriendo nuevas arrugas, que queremos creer que son surcos de madurez. Se aproxima el  invierno y todo lo que nos rodea nos habla de ello. Aumenta la oscuridad y adelgaza ese grueso calendario con que iniciamos el año.   Pero llegará un día, la experiencia nos dice que será así, en que poco a poco la luz se desperezará y cubriendo casi pudorosamente las ramas, asomen los primeros brotes de la primavera


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