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Cada mes de febrero espero ansioso esta cita anual. En mi oficina, este mundo de expedientes, papeles y sellos azules, fuera al otro lado de las cortinas y el cristal del balcón durante todo el año late la vida de mi planta. A lo largo de las estaciones como una dama coqueta le crecen sus tallos, sus hojas carnosas unas veces verdean y otras adornan sus extremos con elegantes tonos lilas. Hay veces que su  aspecto, moderadamente mustio, denota alguna carencia, ¿será de agua? ¿exceso de viento? ¿o tal vez simplemente necesita que le hagan más caso?

En estas fechas la noto eufórica, parece como si los temporales, las fuertes ráfagas de aire o el frío inclemente, ayudaran a sacarle lo mejor de sí misma. Brotan tallitos jóvenes y minúsculos de sus ramas y, al fin, hoy esos tallitos se abrieron dejando al descubierto unas lindas flores amarillas. A mí me encantan estas flores madrugadoras, incluso más que las de los cerezos, que naciendo en la época climatológicamente más adversa del año, anuncian esperanzadamente la ya pronta y esperada llegada de la primavera.  Probablemente hay otras muchas más hermosas y elegantes, pero el hecho de que esta sea única debe ser el motivo por el que me tiene seducido.