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      Ella se detiene mirando frente al mar. Su última mirada en mucho tiempo, antes de recoger con pereza la silla de playa y doblarla en esa postura en la que se llevará meses, arrumbada en un rincón polvoriento del garaje. Deja su vista reposar sobre la superficie, por encima de ese oleaje leve que hoy parece despedirla. Su piel desnuda, sólo la cubre una leve tela, se deja acariciar por la brisa de este último día de vacaciones y nota como sus poros se abren, intentando absorber esa multitud de sensaciones vividas, que, mezcladas en desorden en los surcos de la memoria,ya forman parte del pasado reciente. Viene a su cabeza, la ingravidez vivida sobre las olas, la contemplación de las estrellas fugaces en las noches de agosto, el silencio reiterativo del despertador, sus despertares con el sol entrando por la ventana, los paseos al atardecer frente a un cielo de mil colores, los mil sabores del chiringuito y sobre todo esos retazos de vida que nunca han de volver.

      Aprieta los párpados, como queriendo retener todo esto, y cuando los abre sus pestañas se han humedecido, no sabe si por la nostalgia o por ese apretón de sus párpados. Se gira de pronto. No, no quiere despedirse y lentamente, hoyando la arena con sus pies descalzos, inicia su regreso hacia el paseo marítimo, hacia el hotel, hacia su vida de todos los días. A partir de ahora la cotidianeidad con sus tonos, habitualmente grises, se encargará de recordarle que la verdadera vida no es la de las vacaciones. 

       Mientras se aleja ella sonríe, no falta tanto tiempo para volver aquí y envolverse con ese vestido de olas azules, que tan bien le sienta.. A lo lejos, con un rumor cada vez más lejano, el sonido de las olas parece darle la razón.