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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2014.

Cita anual

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Cada mes de febrero espero ansioso esta cita anual. En mi oficina, este mundo de expedientes, papeles y sellos azules, fuera al otro lado de las cortinas y el cristal del balcón durante todo el año late la vida de mi planta. A lo largo de las estaciones como una dama coqueta le crecen sus tallos, sus hojas carnosas unas veces verdean y otras adornan sus extremos con elegantes tonos lilas. Hay veces que su  aspecto, moderadamente mustio, denota alguna carencia, ¿será de agua? ¿exceso de viento? ¿o tal vez simplemente necesita que le hagan más caso?

En estas fechas la noto eufórica, parece como si los temporales, las fuertes ráfagas de aire o el frío inclemente, ayudaran a sacarle lo mejor de sí misma. Brotan tallitos jóvenes y minúsculos de sus ramas y, al fin, hoy esos tallitos se abrieron dejando al descubierto unas lindas flores amarillas. A mí me encantan estas flores madrugadoras, incluso más que las de los cerezos, que naciendo en la época climatológicamente más adversa del año, anuncian esperanzadamente la ya pronta y esperada llegada de la primavera.  Probablemente hay otras muchas más hermosas y elegantes, pero el hecho de que esta sea única debe ser el motivo por el que me tiene seducido.

 


Kinsey y yo

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      Tras haber leído ya veintidós libros del alfabeto del crimen, desde la A de adulterio a la T de trampa, de Sue Grafton, no es extraño que en cuanto vi que se había publicado este libro estuviera deseando leerlo. Llevo muchos años, más de veinte, siguiendo las aventuras de la peculiar detective Kinsey Milhone y me apetecía seguir leyendo sus nuevas investigaciones.

    Este libro me ha decepcionado un poco. Acostumbrado a una histora bien construida a lo largo de toda la novela, con sus personajes variopintos, en este caso son nueve casos en los que participa Kinsey, pero son historias tan cortas, que la costumbre ha hecho que me sepan a poco. La segunda parte del libro son trece relatos autobiográficos de Sue Grafton. Relatos muy bien escritos, pero que no era lo que yo esperaba al sumergirme en las aventuras de Kinsey, por eso me ha costado terminar el libro.

"Mi padres eran gente perdida, como los refugiados, y no de algún país que yo reconozca; no eran víctimas de las guerras reconocidas de este mundo, sino refugiados en batallas sutiles libradas en algún lugar de su interior, batallas ganadas y perdidas en las que se cruzaban fronteras y se arriaban banderas. Mis padres eran como los desplazados, no de este mundo sino de sus vidas, y en cierto modo se alejaron de sí mismos cuando todas aquellas guerras internas llegaron a su fin".

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75 años

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    Tal día como hoy se celebra el setenta y cinco aniversario de la muerte del gran poeta Antonio Machado en la ciudad francesa de Colliure. Allí había llegado unas semanas antes con su madre Ana Ruiz y su hermano, huyendo al final de una guerra que se había vuelto contra ellos y contra tantos miles de españoles. Allí se alojaron en el hotel de la familia Quintana y a las cuatro de la tarde del 22 de febrero, como consecuencia de una neumonía, falleció. Cuando su hermano José metió la mano en su bolsillo, encontró sus últimos versos: "estos días azules y este sol de la infancia". Su madre  murió tres días después. En su retrato escribe sobre su último día:   

 Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

En 1975 en el colegio mis compañeros de Letras hicieron un homenaje a Antonio Machado con motivo del centenario de su nacimiento, al que asistí participando de la escucha de sus poemas y con un montaje de diapositivas de aquellos campos de Soria a los que cantó el poeta. Me gustó y empecé a leer su poesía y sobre todo a conocer la tierra castellana a través de sus versos, en una antología que durante muchos años fue mi libro de cabecera. Al año siguiente cuando conocí Castilla, en la que viví durante cuatro años, me di cuenta que era tal como me había hablado Antonio Machado de ella y no me costó enhechizarme de aquel paisaje infinito de trigos y encinares. 


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