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           Siento envidia cuando visito una casa en un lugar silencioso, de esas que al abrir la ventana se pueden oír los trinos de los pájaros. En el lugar en el que vivo cada vez se escucha muchos  ruidos de una amplia gama. Ya no me refiero a esos ruidos habituales de los vecinos: el chorro de las duchas, las micciones o ronquidos que atraviesan las paredes, que semejan ser de papel y a los que los años me tienen ya acostumbrado, sino  a esos otros sones más estridentes y que día a día invade el ambiente en las proximidades. Entre otros podría citar unos vecinos cantantes de ópera que desde la casa de al lado, ensayan escalas hasta alturas inverosímiles. El vecino de la casa de enfrente que tiene una moto contemporánea de las usadas durante la segunda guerra mundial y que mientras busca las llaves del garaje, ¿por qué las lleva tan escondidas?, nos tortura con un largo poooff-pofff de un motor que no se calla. El jardinero del jardín de otra casa próxima, pone el corta césped, a las cuatro de la tarde, cuando el vecindario intenta dar una cabezada. ¿Él nunca duerme siesta? ¿Nunca se le ha ocurrido venir a trabajar por la mañana? El taxista que llega con una vecina en silla de ruedas, aparca frente a mi ventana y los familiares no están para recogerla. ¡No hay problema! La bocina del taxi reiterativa e insistente consigue que, al cabo de un rato, los familiares vengan a recoger a la señora. Los camiones de la basura que paran en la esquina a vaciar los contenedores, llenando el aire de sonidos metálicos. Un joven dos casas más allá rasguea la guitarra con la torpeza y testarudez del que está empezando un instrumento. Y por fin, están los que se despiden en la puerta de mi casa, como si temieran la larga ausencia de los amigos, hasta el día siguiente, y sin importarles que sean las dos de la mañana, se cuentan historias, se ríen o simplemente hablan en un tono de voz que hiere de muerte al silencio.

         Dicen que si no puedes vencer al enemigo, únete a él. Hace unos días, no sé ni cómo ni por qué, se me ocurrió la idea de aprender a tocar la armónica. Aquí está una foto de ella. Y desde entonces,  me dedico a intentar aprenderla. Debo reconocer que ahora el ruido me molesta menos, porque añadidos a las escalas de ópera, el pofpof, la bocina, la guitarra, la basura o los gritos, los sones de mi armónica, no exentos todavía de una cierta torpeza, dan el contrapunto necesario para lograr, en este rincón de la calle, una sinfonía de lo más disonante.