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    Al fin he terminado la trilogía del Baztán cuyo primer tomo, El guardián invisible,  leí hace ya casi dos años. Me ha gustado mucho y he seguido disfrutando de la escritura de Dolores Redondo, con el personaje de la inspectora Amaia Salazar a quien retrata como un personaje dotado de una gran complejidad y de una humanidad que la hace cercana.

"Recordaba que, en ocasiones cuando era pequeña y su tía la mandaba a tirar la basura, se entretenía sentándose en el murete del rii para observar la fachada de la casa encendida, y cuando la tía la llamaba y por fin entraba con las manos y el rostro fríos, la sensación de volver al hogar era tan grata que convirtió aquel juego en una costumbre, una especie de rito taoísta con el que prolongar el pla; la urgencia la arrebataba en cuanto llegaba a la puerta y el deseo de volver a ver a Ibai le hacía precipitarse al interior con la ilusión de verlo, tocarlo, besarlo, y recuperar aquel hermoso e íntimo juego le hizo pensar en el modo casi enfermizo en que seguía aferrándose a aquellas cosas, las cosas que le habían salvado la vida, las cosas que habían preservado su cordura, pero que quizá ahora había que dejar definitivamente en el pasado. Bajó del coche y entró en la casa".

    Aquí se sigue desarrollando en la zona del valle del Baztán, que tan maravillosamente ha inspirado a la autora. Las líneas nos van retratando los rincones de Elizondo y los paisajes, muchas veces brumosos, de aquel hermoso lugar. No es extraño que estos libros hayan servido de acicate turístico para aquella zona, de lectores ávidos de conocer los lugares por los que se desarrolla la acción.

"En Elizondo, tras el deshielo y la lluvia, el agua sabía a donde ir. Cuando era pequeña, le gustaba salir justo cuando la lluvia cesaba y escuchar el suave rumor del agua goteando desde los aleros de los tejados, deslizándose entre las juntas de los adoquines, resbalando por la superficie empapada de las hojas y las cortezas oscuras de los árboles, volviendo, regresando al río, que como una remota criatura milenaria llamaba a sus hijos a unirse de nuevo al caudal antiguo del que procedían. Las calles empapadas brillaban con la luz que se abría paso entre los claros, arrancando destellos de plata que delataban el movimiento pequeño del agua hacia el río. Pero aquí el agua no tenía madre, no sabía a donde ir, y se derramaba por las calles como sangre vertida".

     En este último libro, aunque todos creen que Rosario la madre de Amaia murió ahogada en el río, ella no termina de creerlo. Muere un niño de muerte súbita y ella empieza a investigar esa muerta que le resulta sospechosa y empieza a relacionarla con otras muertes de bebé que ha habido en el valle. Alguien llega a decir que el culpable es Inguma, el demonio que inmoviliza a los durmientes, se bebe su aliento y le arrebata la vida durante el sueño. Otro personaje mitológico que aparece y que ayuda a darle en medio de la realidad, ese ambiente, en algunas ocasiones, etéreo a la narración. El narrador es un narrador omnisciente que va acompañando a Amaia en sus investigaciones, en sus sueños y en sus dudas y temores. Los personajes muy bien retratados, especialmente los femeninos, mujeres fuertes y de carácter. 

      La historia se va cerrando con una acción trepidante, que hace difícil dejar la lectura y da distintos vuelcos argumentales que atrapan la atención. Aunque sea el final de la trilogía, se queda uno con ganas de seguir leyendo más aventuras de la inspectora de homicidios Amaia Salazar.