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     El otro día viajando en el autobús no me pudo pasar inadvertida la conversación de mi compañera de asiento con dos amigas, que iban en los asientos de detrás. Mi compañera de asiento, una jovencita guapa y morena de poco más de veinte años, entusiasmada, sacó de su bolso un papel con unos números resultantes de una práctica de laboratorio de una cromatografía. Fue describiendo con apasionamiento cómo había realizado la práctica y frente a las risas de sus compañeras que no comprendían tanta ilusión al respecto, defendía a capa y espada su opción por los estudios de Química. Me gustó la defensa que hizo y la emoción en sus palabras, porque evoqué mi  análogo entusiasmo cuando treinta y cinco años antes yo realizaba dichos estudios.

Pensaba que el entusiasmo es tan útil como necesario en la vida cotidiana. Que eso nos permite saborear lo que hacemos, nos ayuda a pasar de manera viva por la vida y no a que la vida pase por nosotros sin dejar huella. El entusiasmo nos ayuda a vivir con plenitud el presente sin nostalgias del pasado o pensando sólo en un ilusorio futuro. Tenemos que estar atento a lo que sentimos y a lo que vivimos a nuestro alrededor para no dejar dormir nuestro ánimo y despertar cada mañana con entusiasmo.