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              Llegamos a este mundo, aunque ya no me acuerdo, sorprendidos ante todo lo que veíamos, con esas caras sonrientes de nuestros padres que nos auguraban que lo que venía tenía que ser bueno. Empezamos a caminar y las caídas subsiguientes nos crearon nuestras primeras cicatrices, pero nada que ver con las que vendrían más tarde. Con esas otras cicatrices que provocaba el no entender a los demás y las primeras soledades. Quisimos hacernos mayores y llegó un momento en que, ¡ilusos!, empezamos a sentirnos “maduros”, incluso nos atrevimos a irnos de casa en esa búsqueda desesperada e incierta de “nosotros mismos”, dejando atrás ese calor del hogar familiar.

                Pero esa búsqueda no iba a ser sencilla. Me acuerdo de las prácticas de Química Orgánica en la facultad, era como hacer una receta de cocina. Cogías la hoja, amarilleada por las salpicaduras de los compuestos químicos, y sólo era cuestión de ir echando los gramos exactos de cada reactivo y calentar el tiempo necesario, salvo algún imprevisto, siempre se obtenía el producto esperado. En cambio en esta búsqueda de nosotros hacia la felicidad nunca hay recetas para alcanzarla y continuamente damos palos de ciego. Lo que es bueno para unos es terriblemente perjudicial para otro. Alimentamos nuestra búsqueda de lo que leemos, de lo que nos dicen o experimentan los otros, pero principalmente de lo que nuestra experiencia y nuestras meteduras de pata nos van indicando y vamos intuyendo, a veces después de muchos golpes.

                Hay esos momentos esenciales de nuestra vida, donde te sientes empujado a tomar una decisión, crees que para ser fiel a ti tienes que tomarla, a pesar de lo que ello puede suponer de dolor previo para ti y los demás, porque piensas que si no te decides, esa infidelidad a ti mismo a la larga perjudicará más a ti y a todos. Este año he tenido que pasar por eso. No ha sido fácil, no es fácil…nadie lo dijo… pero sigo pensando que fue necesaria.

                Eso me hace vivir una Navidad diferente, silenciosa, frugal, alejada de cualquier tipo de bullicio. No digo que sea mejor ni peor, pero es la que tengo y como tal procuro disfrutarla y extraer lo mejor de ella. Estoy seguro que en un rato esto se llenará de “gente”, de todas esas personas a las que quiero y que cada día me ayudan a caminar con su cariño. Mientras tanto, sobre la mesa alumbrando ese silencio tintinea levemente la luz de una vela que me acompaña.

                Sé que no entra mucha gente por aquí, pero si eres uno de ellos, te deseo, de corazón que tengas una feliz y luminosa Navidad!