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          Hace ya mucho tiempo viví durante cuatro años en Madrid. Siempre me agobió el estrés con el que allí se vive, siempre corría por las calles, sin saber muy bien por qué,  por lo que agradecí volver a la vida de provincias. Desde entonces me gusta volver de vez en cuando, siempre con la seguridad de que llevo en el bolsillo el billete de vuelta, para recorrer sus calles y disfrutar de las muchas posibilidades que tiene. Tras la resaca navideña he pasado allí unos días, he  evocado viejos lugares y conocido otros nuevos. Me gusta admirar, con visión de turista, aquellas cosas diferentes a las de mi cotidianeidad habitual y, en ocasiones, me asombro con ellas.

           El tiempo no ha acompañado demasiado, lluvia y viento frío en una pugna constante con un sol invernal que, a veces, durante algunas horas, conseguía vencer a dichas inclemencias. El domingo llovía bastante, no era agradable el paseo y decidí volver a visitar la Fábrica de  la Moneda. Es curioso hacer el recorrido de la moneda en la historia de la Humanidad y, concretamente, en nuestro país. Se ven monedas viejísimas y otras más recientes que aún tenemos en la memoria, como las ya antiguas pesetas. También se fabrican allí los sellos, hoy casi extintos por ese correo electrónico que ha sustituido al postal., y los boletos de lotería o tarjetas identificativas o sanitarias.

                Pero lo que más me gustó e, incluso, llegó a emocionarme de aquella visita no  fue nada que tuviera que ver con lo allí expuesto. Entrando en la sala de Grecia clásica, se exponían algunas fotos de estatuas griegas acompañando a monedas de la época, acostumbrado a recorrer aquellas salas solitarias, me sorprendió encontrarme con una pareja de ancianos que acompañaban a dos niños, previsiblemente sus nietos, que tendrían ocho y seis años. En el momento en que entré en la sala, la abuela deambulaba, distraída en la contemplación de las monedas, mientras el abuelo, un anciano de alrededor de ochenta años, de voz  cavernosa y firme sostenía un bastón en el aire señalando hacia una de las fotos.  Los nietos con papel y bolígrafo en la mano no  perdían de vista la mano y las palabras de su abuelo:

- Esa escultura que veis ahí, lo debe poner en algún lado, es muy famosa… Aquí lo pone…es el discóbolo de Mirón. Id tomando nota!

Los niños apoyaban el papel en la pared y escribían con caligrafía redondeada y lenta sobre el papel. El abuelo esperaba pacientemente a que tomaran nota y proseguía:

- Esa mujer es una Venus, la de Praxíteles…-y dictaba lentamente para que los niños pudieran anotar tan complicado nombre.

        Y así, sucesivamente, los nietos como aplicados alumnos iban culturizándose y anotando datos en ese papel. Me gustó ver a esos niños con ese papel y bolígrafo tan atentos a su abuelo.

        Puede que, algún día, cuando ya peinen canas, encuentren, en un cajón, ese garabateado papel y entonces, se acuerden de aquel día lejano de lluvia donde el cariño de su abuelo se les manifestó en aquella visita a la Fábrica de la Moneda, en la que ya no olvidaron nunca, una de las obras más importantes de Praxíteles.