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    Cuando un personaje de novela se hace habitual es casi como tener un amigo invisible. Eso es lo que sucede con Kinsey Millhoine, la intrépida investigadora privada creada por la escritora norteamericana Sue Grafton.  Esta historia forma parte de la serie “alfabeto del crimen” donde cada historia empieza por una letra sucesiva. En esta caso va ya por la número veintitrés, que comienza con la W y en la que sigue sin decaer el pulso narrativa que esta escritora imprime a todas sus novelas.

     Kinsey, es una detective del pueblo de Santa Teresa que desarrolla su actividad en los años ochenta. Es una investigadora que en algunas ocasiones nos recuerda a los detectives  clásicos del genéro, pero que, a la vez, manifiesta unas características muy peculiares.  Avanza paso a paso en la resolución de los casos, es inteligente y respetuosa de la ley, y va poco a poco entrecruzando indicios y atando cabos, como en este caso, hasta relacionar dos muertes ocurridas casi al mismo tiempo y que, aparentemente, nada tienen que ver.

    Nuestra heroína es acompañada de una serie de personajes que completan el elenco del ambiente que la rodea.  Así aparece, como en otras ocasiones, su casero y su octogenaria familia o asoman brevemente algunos de los hombres con los que tuvo una relación amorosa, aspecto en el que ella no es demasiado afortunada.

     Esta historia es una buena ocasión para seguir  disfrutando de esa escritura, que no decepciona, de Sue Grafton o una buena ocasión, si no se conoce, para entrar en sus letras y animarse,  posteriormente, a seguir leyendo ese “alfabeto” tan peculiar.