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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2016.

Justo antes de la felicidad

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    Novela de la autora francesa Agnès Ledig (1973), que es comadrona en Obernai, una pequeña localidad cerca de Estrasburgo. Comenzó a escribir, como terapia, cuando uno de sus hijos enfermó de leucemia y se ha convertido en una de las nuevas voces de la narrativa francesa. Éste es su segundo libro publicado, pero el primero que escribió y ha sido galardonada con el premio de los libreros Maison de la Presse 2013.

     Paul acaba de ser abandonado por su mujer tras treinta años de convivencia, un día se fija en Julie, cajera del supermercado en dónde él compra. No sabe nada de ella, una joven de veinte años que mal vive intentando sacar adelante a su hijo de tres años. Este encuentro propicia, intuición de Paul?, a que él invite a pasar unas vacaciones en su casa de Bretaña, con él y su hijo viudo, a Julie y su hijo.

Todos los personajes llevan detrás unas historias de desgarros que les impide caminar con alegría, pero se empezarán a establecer unas relaciones que ayudarán a cauterizar las profundas heridas que llevan. Un libro doloroso y, a la vez, optimista y cargado de esperanza, para pasar un rato agradable.

"Paul mira de vez en cuando por el retrovisor. De pronto toma conciencia de lo absurdo de la situación y comprende el rumiar de su hijo. Sin embargo, presiente que esa chica será beneficiosa para Jérôme, y que probablemente será algo recíproco. Está harto de reflexionar durante días, semanas y meses enteros antes de actuar. Las decisiones que se toman cuando te da una ventolera tienen la ventaja de ser espontáneas y sinceras. Ayudar a una persona con dificultades a cruzar la calle hace que te sientas bien durante un buen rato. Lo curioso es que Paul tiene la intuición de que con Julie será así no solo un rato, sino buena parte de la vida. A veces tiene uno impresiones que son difíciles de explicar. Quizá en este momento se sienta más libre y feliz de serlo. Julie se beneficia de ello porque se han conocido en el momento y el lugar adecuados."


De Madrid al cielo

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          Hace ya mucho tiempo viví durante cuatro años en Madrid. Siempre me agobió el estrés con el que allí se vive, siempre corría por las calles, sin saber muy bien por qué,  por lo que agradecí volver a la vida de provincias. Desde entonces me gusta volver de vez en cuando, siempre con la seguridad de que llevo en el bolsillo el billete de vuelta, para recorrer sus calles y disfrutar de las muchas posibilidades que tiene. Tras la resaca navideña he pasado allí unos días, he  evocado viejos lugares y conocido otros nuevos. Me gusta admirar, con visión de turista, aquellas cosas diferentes a las de mi cotidianeidad habitual y, en ocasiones, me asombro con ellas.

           El tiempo no ha acompañado demasiado, lluvia y viento frío en una pugna constante con un sol invernal que, a veces, durante algunas horas, conseguía vencer a dichas inclemencias. El domingo llovía bastante, no era agradable el paseo y decidí volver a visitar la Fábrica de  la Moneda. Es curioso hacer el recorrido de la moneda en la historia de la Humanidad y, concretamente, en nuestro país. Se ven monedas viejísimas y otras más recientes que aún tenemos en la memoria, como las ya antiguas pesetas. También se fabrican allí los sellos, hoy casi extintos por ese correo electrónico que ha sustituido al postal., y los boletos de lotería o tarjetas identificativas o sanitarias.

                Pero lo que más me gustó e, incluso, llegó a emocionarme de aquella visita no  fue nada que tuviera que ver con lo allí expuesto. Entrando en la sala de Grecia clásica, se exponían algunas fotos de estatuas griegas acompañando a monedas de la época, acostumbrado a recorrer aquellas salas solitarias, me sorprendió encontrarme con una pareja de ancianos que acompañaban a dos niños, previsiblemente sus nietos, que tendrían ocho y seis años. En el momento en que entré en la sala, la abuela deambulaba, distraída en la contemplación de las monedas, mientras el abuelo, un anciano de alrededor de ochenta años, de voz  cavernosa y firme sostenía un bastón en el aire señalando hacia una de las fotos.  Los nietos con papel y bolígrafo en la mano no  perdían de vista la mano y las palabras de su abuelo:

- Esa escultura que veis ahí, lo debe poner en algún lado, es muy famosa… Aquí lo pone…es el discóbolo de Mirón. Id tomando nota!

Los niños apoyaban el papel en la pared y escribían con caligrafía redondeada y lenta sobre el papel. El abuelo esperaba pacientemente a que tomaran nota y proseguía:

- Esa mujer es una Venus, la de Praxíteles…-y dictaba lentamente para que los niños pudieran anotar tan complicado nombre.

        Y así, sucesivamente, los nietos como aplicados alumnos iban culturizándose y anotando datos en ese papel. Me gustó ver a esos niños con ese papel y bolígrafo tan atentos a su abuelo.

        Puede que, algún día, cuando ya peinen canas, encuentren, en un cajón, ese garabateado papel y entonces, se acuerden de aquel día lejano de lluvia donde el cariño de su abuelo se les manifestó en aquella visita a la Fábrica de la Moneda, en la que ya no olvidaron nunca, una de las obras más importantes de Praxíteles.


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