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       Ya iniciamos el final de la escalada de estas fiestas. Hoy queda la cabalgata, antes había una sola, ahora cada calle, cada barrio, cada asociación de vecinos, tienen la suya. Por lo que se multiplican esos señores disfrazados, a veces incluso con destacados pechos (reyas), que aumentan la perplejidad de esos niños avispados que conservan aún la inocencia. Los que deben estar haciendo su agosto son las fábricas de trajes de reyes. El otro día me enteré que el salir en mi pueblo de rey mago, supone un desembolso de 21.000 euros, no entiendo a que es debida la cola que hay para serlo.

     Todavía nos quedará la noche, en que cual embozados caminaremos por rincones oscuros de la calle y subiremos sin hacer ruido las escaleras de casa con grandes cajas envueltas en sábanas. Mañana es día de ilusión para los niños, pero también de grandes decepciones. Sigo pensando que no lo estamos haciendo bien. Se observa al ver la cabecita del niño asomando entre los juguetes y triste porque le falta una de las cosas que había pedido. O cuando al final del día se van a la cama y tienen algunos juguetes, aún en sus cajas porque no tuvieron tiempo material de abrirlos. Y lo que creo es que cada año va empeorando la cosa.

     Desde mi humilde postura este año he intentado hacer "objección de reyes", he dedicado sólo una mañana a ir de tiendas a regalar sólo lo imprescindible. Y cuando alguien me ha preguntado que quería, le he dicho que nada, aunque sé que probablemente algo caiga. Pero es verdad, este año no querría cosas materiales, mi regalo ideal sería este año que todos los que me quisieran regalar algo dedicaran el tiempo y la energía, que se gastan en comprar, a pensar qué actitudes pueden cambiar o transformar para que yo me sienta más feliz. Creo que eso sería más productivo a todos los efectos...y sin duda más difícil.