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          Paradójicamente al carácter nostálgico que podría suponer el dibujo colgado en el post de ayer, debo reconocer que la entrada del mes de septiembre no me disgusta. Supongo que la ruptura debe ser mayor para el que se aleja, por ejemplo, de la costa y sabe que ocurrirán muchas cosas hasta que pueda ver el mar, pero cuando el mar nos acompaña en la vida cotidiana no hay tanta diferencia entre lo que es vacacionar o trabajar.

          Me hace rememorar a aquellos años infantiles de veranos interminables en que yo estaba deseando ya el comienzo del curso. Se revolucionaban los armarios y aparecían esos pantalones largos, que ahora quedaban por encima de los tobillos, los zapatos gorila que abrazaban el pie con estudiada eficacia y sobre todo ese aroma a goma de borrar, lápices de madera y libros nuevos que auguraban el comienzo escolar. Eran tiempos de reencuentros con aquellos compañeros de colegio tras tres meses, algunos tan crecidos que casi nos costaba reconocerlos. Ahora aunque no me influye la escuela tan directamente, que duda cabe que su influencia sigue en mi vida.

          Aparte de eso hay muchas cosas que parece que el mes de agosto actúa sobre ellas de forma paralizante. Desde la televisión que languidece en los rincones domésticos como pidiendo  perdón por tener que poner cualquier cosa por mantenerse enchufada, hasta lo que es el encargo de un libro o un mueble, en el que el interlocutor como algo sabido y soportado dice eso de: ya sabe que en agosto todo está cerrado. La Administración que cuelga un cartel invisible de “todo cerrado” y los periódicos que adelgazan de tamaño sustituyendo artículos y temas culturales por fotos de prensa rosa o de cuerpos soleados y es que claro…como estamos en verano…Buena época incluso para aquellos de manifiesta torpeza laboral y que en esta época refugiados en las calores parecen disimular su incompetencia.Ya sé que habrá muchos que no estén de acuerdo conmigo, pero tras unos días necesarios para romper la rutina que la vida nos impone, prefiero mucho más la llegada de septiembre y la vuelta al engranaje habitual. Por eso para mí el otoño es la etapa que más disfruto del año. Lo que es necesario, siempre, es desarrollar la capacidad de disfrutar de esos pequeños momentos que la vida nos presenta en el día a día y que pasan de largo por delante nuestra sin que seamos capaces de atraparlos. ¡Esos serían ratos de verdaderas vacaciones!