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        La tarde nublada besaba humedades cuando tu presencia solitaria, pendente de una rama, engalanada con tus tonos aún amarillos rompiendo la monotonía parda del ambiente, atrajo mi atención. Te agitabas con suavidad en el aire, o tal vez eras tú, resolutiva, la que con tu movimiento de abanico lo producías. Tu superficie suave comenzaba a pudrirse y ondularse en ese camino inexorable que provoca el tiempo. Pero ello no parecía amilanarte y seguías luciendo provocativa, como esa vieja artista de cabaret que intenta atrapar su perdida belleza con sus pinturas y coloretes.

         Tú me has alegrado la vista en este leve instante y sé que seguirás orgullosa hasta que tu amarillo desaparezca totalmente, entonces tus dedos se soltarán de la rama a la que permanecen asidos e iniciara ese viaje por el aire, libre al fin, en ese vuelo postrero que te postrará tenuemente sobre la tierra para que empieces, de nuevo, a formar parte de ella.