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            Mi primer recuerdo de Castilla fueron letras de Machado que dibujaron en mi imaginación un paisaje nunca visto. Cuando meses después me fui a vivir allí ví que aquellas letras se llenaron de una vida que nunca había imaginado. Y aquella meseta eterna de encinas y mieses se hizo amiga de mis ratos y sanación de mis desvelos, especialmente cuando me tocó vivir allí el primer otoño, tan diferente al que yo conocía en mi tierra natal. Al principio quise creer que se trataba de una ilusión óptica, pero en esa visita diaria que hacía al balcón desde el que se divisaba el río, mi que aquellos árboles poco a poco mudaban sus colores. Aquel verde lujurioso al que la luz del verano arrancaba destellos se transformaba en una sinfonía de matices amarillos y ocres que, para mí era toda una novedad.

 

            Y saboreé aquellos paseos entre chopos en que lo importante no era llegar a ningún sitio, sino disfrutar del camino. Y dejaba acariciar mis ojos por aquellos tonos de caramelo mientras mis botas hacían crujir, como si chiporrotearan, aquellas alfombras de hojas secas. El viento fresco y revitalizador que jugaba con las ramas se adhería a mi piel abriendo sus poros. Y en aquellos pasos crecí en unas dimensiones diferentes, donde empecé a gustar del silencio y prendieron en mí unas sensaciones diferentes que nunca he olvidado.

 

            Por eso cada vez que algo me hace “viajar” hasta aquellos rincones tan mimosamente guardados en mi corazón, no puedo dejar de esbozar una sonrisa y agradecer a quien me ayuda a ello. Gracias,  Marga por esta foto.