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         Un chisporroteo, más alto de lo habitual, de las brasas de la chimenea me hace alzar los ojos, por encima de las gafas, y descansar el libro sobre las rodillas. Me paso insconscientemente los dedos por las arrugas de la frente para echarme para atrás esos pocos pelos canosos que se revuelven sobre mi cabeza.

        En el sillón que está junto al mío se sienta ella con sus canas coronando su cabeza y sus arrugas maleadas por tantos años. Observa distraída un programa de televisión y no es consciente de mi mirada. De pronto esta mirada parece sacudir esa piel envuelta sobre sí misma y la convierte en tersa de manera súbita. El pelo blanco oscurece y crece en una espléndida melena negra, sus manos finas coronada en aquella pintura de uñas rosa que tanto me gustaba, su cuello se estira y, de pronto, reconozco aquella imagen juvenil y recuerdo cuando la vi por primera vez, antes de que creciera una alta montaña de hojas del calendario dentro de la papelera. Mis ojos brillaron levemente por un instante, como si reflejaran la luz del fuego, pero yo sabía que no era eso, y una sonrisa casi olvidada prendió en mi cara.

       Me coloqué las gafas sobre la nariz, cojo el libro entre mis dedos y mientras las llamas siguen su baile sin orden, sigo leyendo...