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             En cuanto notó el tacto acogedor del colchón sobre su espalda cerró los ojos.  El día le había resultado agotador y lleno de emociones. Había estrenado hoy un coche nuevo y había recorrido en él, lugares totalmente desconocidos. Y, además, se había encontrado a uno de su edad, al portador de los más hermosos ojos verdes que nunca había visto. Entrecerró los párpados para pasar revista a tan maravilloso día, pero cosa curiosa, todas las imágenes del día se le aparecían en blanco y negro, salvo en ese punto en que el verde esmeralda de aquella mirada inolvidable asomó frente a ella.

            En ese momento la puerta se abrió, apretó sus ojos y unas manos fuertes tras acariciarle levemente el rostro le arroparon con la manta. Aquel hombre descalzo, salio sin hacer ruido, entornando la puerta.  Se alegró de que su hija no se hubiera enterado de su presencia, se ponía insoportable cuando se despertaba por la noche, y es que tenía que estar cansada. Era el primer día que la habían sacado a pasear en su cochecito de bebé.