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          Soñaba que desperté, ¿o más bien me desperté soñando?, viéndote a mi lado, dormida, con tus ojos cerrados. Tu cabello se desparramaba voluble trazando caprichosas líneas oscuras sobre tu rostro. Tus párpados, siempre tan aparentemente pudorosos, sólo al descubierto en tus instantáneos parpadeos, descansaban relajados mientras tus pestañas se entrecruzaban en un abrazo tierno y sin prisas. Tus labios se entreabrían, esponjados en humedad, brillando con la tersura del suelo recién encerado.

 

         Tus dientes semejaban guardianes de la gruta de tus maravillas a la que asomaba tu lengua con cierta timidez, tan lánguida la vi que su inusual sosiego me hizo sonreír. Sí, me gusta la algarabía locuaz de tu voz, que cubre mi cielo de palabras que lo surcan como acúmulos coloreados de mariposas, y ese tono tuyo capaz de hacer vibrar las cuerdas más sensibles de mi corazón.

 

         Mi mano derecha, habitualmente tan prudente, no resistió, esta vez, el embate del momento y dejó su inmovilidad para acercarse a tu melena, introducirse entre los mechones de tus cabellos y masajear con mimosa sutileza, para que lo gustaras sin despertar, tu cuero cabelludo.  Después, como si quisiera dibujar los rasgos que conforman tu rostro, resbaló por él delicadamente, gustando sus ángulos y  ondulaciones. El meñique a pesar de ser el dedo de menor tamaño, siempre ha sido el más atrevido y comenzó su descenso por tu cuello, los otros ¿envidiosos? no quisieron quedarse atrás y se complacieron en seguirlo. Fue el índice el que deslizó con facilidad el tirante de tu camisón hacia la mitad de tu brazo, haciendo descollar seductoramente tu hombro mientras me desvelabas la atractiva hondura, oscura y luminosa a la vez, de tu escote. La escueta tela de tu camisón se arremolinaba caprichosa en torno a las formas de tu cuerpo, que ahora se dibujaban con sinuosa claridad. Tus piernas vestidas sólo con el aire brotaban de su interior y me pareció ver cómo tu ombligo resaltaba deseoso por uno de los resquicios de los pliegues de la tela.

 

         No estoy seguro de lo que hubieran seguido haciendo mis dedos, porque, precisamente en ese instante, un leve bostezo de tu boca encogió tus ojos, antes de abrirlos, semipesados, somnolientos, encendiéndose al verme y, entonces, todo tu rostro revivió para dar vida a la más hermosa de las sonrisas que yo podía recordar.

 

         Justo y no en otro momento, me desperté, dándome cuenta de que te había soñado ¿o soñé que me había despertado?