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        No podía esperar más, el verano había hecho de las suyas y su cuerpo cuarentón visualizado en el espejo tenía pinta de abandonado, cual si se tratara de un campo en barbecho, ese mismo día nada más salir a la calle fue a apuntarse al gimnasio. Desempolvó la ropa de deportes de su armario, no sabía si fue cosa suya le pareció que una araña saltó desde una de las mangas y desapareció en la oscuridad, bajo las perchas. La camiseta era de fútbol, concretamente del Barcelona y le pareció que aquel nombre de Cruyff en su espalda, la hacía un poco anticuada.. Le estaba un tanto apretada, pero no dudaba que en poco tiempo, con el ejercicio, aquel cuerpo se iría modelando y deslizándose mejor en la tela.

 

            Se motivó mientras entraba por la puerta del gimnasio, pensando en  aquellos cuerpos turgentemente femeninos que le alegrarían su vista, pero debía ser en otro sitio, porque en aquellos aparatos oxidados que tenía ante sus ojos sólo había un joven escuchimizado de brazos muy musculosos y otro más talludito que, al pronto, supuso que si existiera el abominable hombre de las nieves sería algo parecido a él. Debía de medir cerca de dos metros, tenía ojos saltones y una nariz tan chata que parecía hundirse en el interior de su cara, su espalda era tan amplia como cuatro veces la suya y abundantes pelos, extremadamente largos, salían por todos los huecos de su camiseta. Aunque lo que más le llamó la atención era su olor, una mezcla entre carne rancia y hierro oxidado.

 

            Subió a una bicicleta y empezó a pedalear de forma vigorosa durante doce segundos, teniendo que bajar el ritmo seguidamente. A los tres minutos se puso a su lado aquella mole humana y le dijo:

-¿Ya has terminado con eso?

 

            El no entendió como habiendo ocho bicicletas vacías, quería montarse en esa, pero se vio contestándole que enseguida terminaba. Se fue a la cinta, se imaginaba, para animarse que caminaba por la orilla del mar, pero al momento escuchó de nuevo esa voz cavernosa:

-¿Ya has terminado con eso?

 

           

            Tardó menos de un minuto en descender, impelido sobre todo por aquel olor ranciamente oxidado. Y se fue a hacer pesas…y la situación se hizo reiterativa, con lo cual se pasó toda la hora yendo de un aparato a otro con aquella mole como si fuera una sombra. Pero lo peor no fue eso, al día siguiente decidió ir a una hora diferente y allí estaba con la misma repetitiva actitud. Intentó ir los siguientes días a diferentes horas pero siempre estaba allí insistente y oliendo peor cada vez. La situación empezó a obsesionarle y soñaba con aquel individuo que en sueños se carcajeaba de su situación y que cada noche le decía: ¿has terminado con eso?, lo que hacía despertarse sudorosamente sobresaltado. Entre el agobio que le producía la situación y que le acompañaba durante el día y la noche y aquella variedad de aparatos de gimnasia adelgazó varios kilogramos. Su mente siguió ofuscada pero su cuerpo, ahora estilizado, llegó a hacerse tan deseable que una madurita de carnes prietas, puso en él sus ojos..

 

            Sus aompañados paseos vespertinos teñidos de singular romanticismo, le hacía olvidar parte de su problema. Sus primeros encuentros  no fueron nada táctiles debido a la natural timidez de nuestro protagonista. Al fin, un día decidió dar un paso adelante y sentados en un banco del parque acercó temerosamente sus labios a los de ella, vio alegre que eran tiernamente acogidos. Pero entonces, algo sucedió, aquella cercanía íntima le trajo a su nariz un olor a rancio que conocía bien…¡no era posible! Aquella obsesión le debía estar enloqueciendo… Un golpe seco en el omóplato le hizo girar la cabeza. Aquel individuo estaba allí a su lado y pudo casi predecir lo que le dijo a continuación:

-¿Ya has terminado con eso?

 

            Se quedó paralizado, sin palabras, mientras la madurita y el gordo se sonreían sensualmente. Allí quedó disuelto sobre aquel asiento de madera mientras ellos se alejaban. De vez en cuando se cruzaba con ellos por la calle y alguien le dijo que ella iba diciendo que lo que le había enamorado de aquel “australopiteco” como el lo definía era su intenso olor a feromonas. Algo sacó de todo esto, a partir de ahora estuvo tranquilo en el gimnasio y se hacía cada día varios kilómetros en la bicicleta.