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        Hay una etapa en nuestras vidas en la que todos escribimos…eso es lo que pensé cuando me topé con aquella joven escribiendo sobre un cuaderno rojo, solitaria, sentada en aquel banco de madera frente al mar. Escribía con fruición y el cuello torcido sobre el cuaderno, aislada de todo lo que le rodeaba, como solo lo hace quien está extrayendo de sus honduras los más íntimos de sus pensamientos. De vez en cuando levantaba la cabeza mirando, sin ver, al frente, como si esa dos tonalidades azules, tan diferentes de mar y  del cielo, le sirvieran de musas.

 

            Sí, a esa edad todos escribimos, descubrimos que nos suceden cosas tan raras, tan maravillosas y tan desagradables, a la vez, que pensamos que somos un bicho raro y nos estremece y nos cuesta el compartir lo que vivimos con lo que nos rodea. ¿Qué mejor que hacerlo con ese papel silencioso que nos comprende como nadie, nos respeta y que cuando está abierto nos parece que nos está sonriendo? Allí desgranábamos nuestros poemas de amor, nuestra desesperación por no entender ese mundo en el que vivíamos, ese amor creciente que brotaba de nuestro interior y que no era compartido, sobre todo porque a nadie nos hubiéramos atrevido a decir que estábamos enamorados.

 

            Y un día en que alguien nos revelaba que tenía nuestra misma “enfermedad”, ya no nos creíamos tan raros, crecimos…de raros nada, ya empezábamos a sentirnos hasta vulgares. Y dejábamos de escribir…aquellas letras ya no eran interesantes ni para nosotros. Ya creímos que sabíamos casi todo de la vida.

 

            Pero algunos siguen, seguimos escribiendo, aunque ahora lo que nos desgasta las yemas de los dedos sea más bien el teclado que la presión del bolígrafo, porque somos conscientes de que ignoramos mucho del mundo que nos rodea,  parte de su conocimientos están en esas personas y circunstancias que nos rodean, pero la mayor parte está en nuestro interior y  ¿qué mejor forma de sacar lo que llevamos dentro que seguir enfrentándonos todos los días a un papel en blanco?