20100627183002-cimg4307-461x614.jpg

    Por razones de trabajo, he pasado unos días en Madrid. Siempre me ha gustado esta ciudad, en la que residí durante cuatro años, no para vivir, aunque sí para venir unos días con el billete de vuelta a mi tierra en el bolsillo. Recorro caminos ya conocidos y veo cómo han evolucionado y descubro otros rincones nuevos que siempre causan mi admiración y mi sorpresa.

    Me reencuentro con viejos amigos y sobre todo paseo mucho, como si mis pies estuvieran dotados de alas, fijándome en la gente con la que me cruzo y en esos tics tan habituales en la gran ciudad que sólo captamos los que procedemos de latitudes más tranquilas.

     Al llegar la noche llegaba al hotel con el cansancio como compañero y al echar un vistazo a través de la ventana, veía este edificio de la maternidad al otro lado de la calle. No hay duda, por su gran letrero, de lo que es. A pesar de ser tarde,siempre se divisaban personas esperando en aquellas salas iluminadas. No era difícil imaginar la esperanza, el miedo, la ilusión, el tedio...que podrían embargarles a aquellas horas. Volvía a asomarme con las primeras luces del amanecer. Ahora aquellas salas aparecían silenciosamente solitarias. Tenía un recuerdo para aquellos antiguos vecinos de enfrente de aquella noche, deseándoles que ojalá ahora fueran un poco más felices que entonces.