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     Te acuerdas? Fue aquel día en el que nos citamos para pasear por el parque. Nos reencontramos después de mucho tiempo de anhelado contacto. Desenvolvimos, frente a frente, nuestros deseos y buscamos al otro en un intenso abrazo. Paladeé, con especial deleite, ese instante en el que mis manos recorrieron tu cuerpo, palpándote de arriba abajo, como queriendo asegurarme de que estabas a mi lado.

     Era un día de otoño, con olor a humedad y nuestros pasos, gozosamente al unísono, crepitaban las hojas secas. La luz del sol, pálidamente luminosa, arrancaba vivos y hermosos colores de las hojas que enjaezaban las ramas de los árboles.  Atraídos por el sonido de la música nos acercamos al templete, donde en aquel momento el director alzaba la batuta hacia el cielo para iniciar los primeros compases del Lago de los Cisnes.

    Nos sentamos en la hierba a escucharla, mientras tu mano agarraba mimosamente la mía.  Blancas y negras, redondas y corcheas, alternaban con armonía en aquella composición, cuando en un determinado momento tus dedos deslizándose por mi palma llegaron hasta mi muñeca y como si arrancaras el sonido de mis venas, me la acariciaste al ritmo de la música. Las yemas de tus dedos se deslizaban por la piel interior del brazo, unas veces como si rasgaran las cuerdas de una guitarra, otras como si taparan los agujeros de la flauta o estiraran las cuerdas de un violín. Tus dedos hacían que me fuera fundiendo contigo a través de la música. Y en el último compás, tras un golpe certero de la batuta, todos los instrumentos sonaron al unísono, mientras nuestras miradas se encontraron deseosas en el aire. Entonces, nuestros labios se encontraron, acomodándose en los del otro, hambrientos de la proximidad y de la humedad ajena. Tu sabor jugoso unido a ese aroma tuyo que siempre reconozco, aunque esté oculto en algún sitio perdido de mi memoria, me rodeó de maravillosos temblores que aún hoy, cuando lo recuerdo, hacen vibrar todo mi cuerpo.