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       Tal día como hoy, llegó lo que hace tiempo esperaba: se acabaron las vacaciones. A eso estoy hecho, ocurre todos los años, y a base de tanto repetirlo uno se acaba acostumbrando y pareciéndole extraña esa “depresión postvacacional” que da tanto tema en las páginas solitarias de revistas y periódicos veraniegos. A lo que estoy menos acostumbrado es a lo de esta mañana, entrar en mi oficina acompañado de un silencio sepulcral, algo así al que debe haber tras estallar una bomba de neutrones. Aquello estaba desierto, lo que significa que para que la oficina empezara a funcionar tuve que hacerlo todo: quitar el candado, abrir las puertas, encender las luces, cambiar sellos, conectar aparatos de aire acondicionado…afortunadamente hoy el papel higiénico del servicio estaba cambiado, algo me ahorré.

         No había nadie para decirme lo que había quedado pendiente del día anterior, mirando por las mesas descubrí papeles abandonados y otros que no sabía que pintaban por allí. Había algunas cosas que había que hacer y me indicaba mi compañera en un papel escrito a mano, que no tuve ni tiempo de pasar ante el traductor de Google. Mañana veremos si termino de entenderlo.

                  Afortunadamente las vacaciones no habían sido tan intensas como para olvidar la contraseña para entrar en el ordenador y ¡menos mal!, porque dadas las peculiaridades de mi habitáculo de trabajo, a pesar de que sólo tengo dos manos, tuve que trabajar esta mañana con tres ordenadores a la vez, cuatro impresoras encendidas y la fotocopiadora. Y quien mucho tiene poco abarca, de vez en cuando me saltaban los protectores de pantalla de uno u otro ordenador con lo cual después de la jornada de esta mañana no se me olvida la contraseña, tras haberla tenido que escribir unas veinticuatro veces.

                El teléfono no ha parado de sonar, pero la excusa de que estaba atendiendo al público, me permitía el no tener que cogerlo. Una de las que descolgué era una compañera de otro centro de trabajo que tenían que realizar un impreso y que por las vacaciones allí no había nadie que lo hiciera, que a ver se lo podía hacer yo y se lo mandaba por fax. Encontré el hueco y le resolví el problema a ella y al que tenía delante que, a esas horas, ya debía tener cara de impaciente. En fin, la mañana fluyó y aunque salí media hora más tarde de la cuenta, ya tengo organizado el trabajo de mañana.

                    El público bien y comprensivo ante mi cara de media vacaciones, hubo dos a los que tuve que gritarles bastante, pero porque tienen problema de sordera. Ante la ausencia de todo el mundo, al menos no pude quejarme a nadie de la idílica vida de las vacaciones, cuando no se madrugaba. Lo peor una mosca, grande y gorda que estuvo toda la mañana incordiándome y no tuve ni tiempo de saber si teníamos insecticida, espero que mañana empiece su turno de vacaciones…